Versalles

Lo último que esperas en Versalles es que no puedas abrir la ventana del hotel con las luces encendidas porque entran los mosquitos como en una aldea.

Te asomas al atardecer y lo que se ve desde una de las buhardillas del palacio donde se redactó el tratado de Versalles, es un rebaño de ovejas sobre unos prados orlados por la bruma verdosa de las ramas entre la bruma del día que termina. Luego bajas para comprobar si es real lo que desde arriba parece de mentira y lamentas, no ya que estén a punto de cerrar sino que, con un dolor que llega hasta la infancia, el señor que alquila las bicicletas se haya ido porque estos caminos parecen hechos para rodar con calma o, como hacen los que viven hoy en las casas que debieron pertenecer a la corte, para correr haciendo footing a las siete y media de la mañana.

Los que vamos paseando tan temprano, bajo una de esas lluvias que no necesitan paraguas, creemos estar soñando cuando, al ir hacia la izquierda, aparecen los jardines. En Versalles lo de menos es el palacio. Lo que de verdad asombra es esa multitud infinita de carpes y de tilos y de tejos dispuestos a servir al que pensó en ellos para colocarlos en hilera, podados con una rectitud que solo puede ser humana, pero puestos uno tras otro hasta donde no pudiera alcanzar la vista humana para que pudiera contemplar el invisible infinito la humanidad de un solo hombre.

Y en esto consiste quizás el poder de estos jardines. Que utilizando la línea más sencilla, que es la línea recta, ya sea para trazar el camino como para podar las copas, se adquiera, por la repetición exacta del mismo árbol, la apariencia de estar entre dos espejos en los que la imagen se reproduce una vez y otra hasta dejar desorientado al que asiste a ese espejismo, a ese arte supremo de, con una sola cosa repetida, lograr no solo dejar al palacio a sus pies sino, a fuerza de verdor, también a los insultantes dorados de las verjas. Luego ya están las blancas estatuas y los tibores con girasoles esculpidos y las fuentes y ese gran canal en el que, como un adorno más del amanecer del día, hacen piragüismo entre un vaho sobre el que vuelan y beben las golondrinas mientras piensas que los Versalles de hoy en día no están en manos de los monarcas sino de una clase política que se cree tan a salvo como María Antonieta jugando a granjera con las ovejas, antes de que se le pusiera el pelo blanco la noche anterior a perder la cabeza. Tuve una profesora holandesa de historia que nos hacía repetir, cuando ni siquiera había elecciones, la etimología de la palabra democracia. “Que no se os olvide niñas: gobierno del pueblo, la democracia es el gobierno del pueblo.”

El pueblo. Eso tan molesto como un mosquito que te quita el sueño en Versalles.