Francia

La casualidad ha querido que me vaya a encontrar en Francia entre las dos vueltas de las elecciones.

Inicio el viaje en coche y solo espero que la lluvia no sea tanta como la que está cayendo aquí ahora mismo, una de esas lluvias marinas de la que se diría que se hubiera saltado el proceso de evaporación para ir directamente del mar a la tierra, a esta tierra que, ya lo sabía yo, no iba a quedarse sin su ración anual de agua.

Desde luego, llevaré la gabardina, porque me parece que nos va a llover todo el viaje, ya que vamos hacia el norte por la costa y luego hacia el Périgord, que es una región donde los agricultores parecen todos ricos, con sus granjas de gansos, y sus pueblecitos como de cuento, de tejados inclinados y torres circulares donde solo falta la princesa asomada. Luego hacia Limoge, que no conozco más que por una vajilla que dejara mi bisabuela a mi madre y que se saca en las grandes ocasiones, de una porcelana blanca muy fina, con un detalle verde, una suerte de filigrana que va muy por el borde del plato, como para no tocar los alimentos.

Puede que esa palabra, Limoge, fuera la primera palabra en francés que entró en mi casa. Luego, durante los años en los que fuimos a Calpe de camping, cuando Calpe era un pueblecito de pescadores con una playa llena de posidonias, las llamadas algas de los vidrieros cuyas hojas acintadas iban ennegrecidas a parar a la arena, aprendimos a preguntar también en francés: “Comment tu t´apelles?” Fue cuando de niña observé lo distintos que eran los franceses: comían erizos en las rocas y las señoras se limpiaban la cara con una manopla de felpa.

Años más tarde, al trabajar para uno de sus laboratorios, fui descubriendo su refinamiento en la comida, en la decoración y en los jardines. Para los cursos de formación, en vez de dormir en un hotel, nos alojaban en un palacete rodeado de unos guijarros que sonaban al andar y que luego puse alrededor de mi casa, donde se han convertido en un buen lugar para las luciérnagas, desconozco la razón, pero estos guijarros además de tener su propio sonido tienen su propia luz, que es la de las luciérnagas en las noches de verano.

Otros cursos nos los daban en una casa de piedra muy oscura, casi negra, cubierta de líquenes pero con jardines exquisitamente trazados, muy cerca de Albi, de donde era Toulouse-Lautrec. Es difícil discernir si es que Francia ha tenido tan grandes pintores por cómo es Francia o es que el entorno los hizo así, capaces de captar la belleza que a su alrededor había, porque una buena parte de mis pintores preferidos son franceses, así como los escritores, Voltaire, Flaubert, y el gran, océano, Victor Hugo, cuya casa me gustaría ver en París, ahora que se cumple el sesquicentenario de “Los miserables”.

También quiero ir a Giverny donde, mientras se resuelven las elecciones, estarán florecidas las glicinias que Monet pintó sobre el agua.