El augurio

Parece mentira que en esta mañana soleada se pueda estar derrumbando un mundo.

Es más una sensación que una certeza, una de esas sensaciones que es lo más cierto que al final vivimos, porque nos advierten en las entretelas que nada será ya lo mismo. Yo no puedo imaginar cómo se sentía aquella generación del 98 que no era generación, solo que alguien la bautizó de esta manera, sino una constelación de pensadores que al final coincidían meditando cada uno en su isla, y de la que a mí siempre me quedará Unamuno con esa tristeza lúcida.

Esa misma sensación de derrumbe, la hemos tenido ahora con un elefante. Dicen que, de los cinco grandes, es, junto con el hipopótamo, el que puede llegar a ser más peligroso. Hace no mucho, me hicieron unas fotos con uno de ellos, pero ninguna de esas imágenes las he guardado porque no he visto nada más triste en mi vida que esos elefantes medio amaestrados que hay en algunas reservas surafricanas. Es difícil explicar esta impresión que tengo cuando veo la Naturaleza desnaturalizada, perdida toda su esencia de verdad y de belleza por ese empeño nuestro en amaestrarlo todo, que es un matar la vida silvestre queriendo conservarla, porque no se deja, y ése es su principal valor, como el ramo de amapolas que se deshace según lo arrancas del campo porque no quieren estas flores ser domésticas. No sirven las amapolas para un jarrón sino para mirarlas de lejos, birlibirloque, que diría Salinas (quien denominó quizás a la generación del 98) para siempre y sin tocarlas.

Aunque puede que no haya visto nada más absurdo que un elefante que había en un zoo de Alaska con calefacción central, algo que me recuerda también a aquel pabellón de la Expo de Sevilla en el que había una selva tropical agonizante bajo un invernadero del que, decían, reproducía exactamente todas las condiciones de la selva pero donde las plantas se morían, porque no era la selva. Me vienen hoy a la memoria los altos sillones rojos, de respaldos muy altos, absolutamente desproporcionados, en los que sentaron a los reyes. Puede que ese momento fuera el principio de la exageración en la que hemos vivido desde entonces. Grabé un reportaje que luego casi no pude escuchar porque hasta aquí no llegaban bien las ondas de la emisora mientras hacía la mudanza, hace ahora veinte años. Me pareció entonces mentira estar oyendo cómo se inauguraba la Expo y levantar la vista y ver al mismo tiempo los carros trayendo las cosas hacia mi casa porque el camión de mudanzas no pudo subir por la estrechez de los caminos. Pero hoy me asomo por la ventana y el valle, que casi no ha cambiado, la hierba encamada, los campos recién labrados, me parecen lo único cierto en esta deriva que llevan las cosas hacia la nada.

Qué tiempos más elefantiásicos hemos vivido.

Y ahora, el final de todo.

No es un pájaro sino un elefante el que lo augura.

Somos, otra vez, hormigas.