Las fragas del Eume

Cuando el domingo llegué a las Fragas del Eume, ya todo Pontedeume estaba cubierto de un humo que parecía una niebla amarilla reflejándose en la ría.

Había una extraña calma en el agua, como si hubiera perdido el conocimiento. Bajé a hacer unas fotos y después seguí hasta la entrada del parque, donde una garza acompañó volando sobre el río mi camino hasta encontrar a un guarda que no me dejó pasar, pero que me dio un mapa. Volví a casa. Por la carretera, a la altura de la iglesia de Santa María de Ombres, me crucé con unas señoras que llevaban grandes ramas de laurel en la mano para bendecirlos. Era Domingo de Ramos. El laurel estaba florecido.

También estaban florecidos en el parque los cerezos silvestres que se veían entre el humo como si los árboles estuvieran en un sueño, o una pesadilla. Sobre el río Eume, las ramas de los ameneiros se inclinaban hacia el agua con las primeras hojas verdes y las piñas del año pasado. Los helechos, no se habían desenrollado todavía, aquí, donde la variedad de helechos es sorprendente. Todo el suelo estaba cubierto de fresales silvestres florecidos, violetas, anémonas y, en los terraplenes, diminutos y pálidos narcisos. Ya en la autopista me detuve en la gasolinera y abrí el mapa sobre el que decidí dar la vuelta. De nuevo hacia el humo subí por As Pontes y preguntando llegué hasta A Capela donde me dijeron que, seguramente, no me dejarían pasar. Así fue, pues me encontré la carretera cortada justo donde se celebraba en la calle una improvisada rueda de prensa.

De allí partió la comitiva y al observar que a uno de los coches le dejaban seguir al enseñar su cámara de fotos, hice lo propio y me abrieron la barrera hacia el infierno.

Todo el camino humeaba, y en algunas zonas seguía activo el fuego. Al detenerme para hacer fotos, me quedé sola, en la luna, pero no me atreví a bajarme del coche pues caían de las laderas, como rocas, troncos de eucaliptos cortados a matarrasa carbonizados. ¿Cómo es posible que en una zona de tantísimo valor ecológico se permitan realizar plantaciones de especies pirófilas que compiten directamente con nuestras fragas y que no van a parar hasta echarlas de su propia tierra? ¿Es que nadie es capaz de entender que la estrategia del eucalipto es favorecer el incendio una y otra vez?

La casualidad quiso que me detuviera a charlar, precisamente, con el nieto del que trajo los primeros brinzales de eucalipto a este concello en el siglo pasado. Hablaba con orgullo de su abuelo, claro. Había proporcionado con el cultivo de eucalipto mucho dinero a sus vecinos. Dinero, que no riqueza. Tenía tan buena intención que cuenta su nieto que su mismo abuelo sembraba los eucaliptos y los regalaba a todo el que se lo pidiera.

Mientras me lo contaba, un corcino, una cría de corzo perdida, ladraba entre las cenizas.