Primavera

Cada vez que llega la primavera, me acuerdo de Tolstoi en el comienzo de “Resurrección”, cuando empieza…”En vano millares de hombres, amontonados en un breve espacio de terreno, se esfuerzan en mutilar la tierra en que se apretujan; en vano tratan de aplastar el suelo bajo las piedras para que la germinación sea imposible”.

Puede que sea este empeño de todos los años, esta disciplina de la primavera, lo único que tengamos. Hace unos días, en una de las comidas más curiosas e interesantes que he vivido y de la que no voy a escribir, por discreción y por respeto, nada más que lo que voy a contar en las próximas líneas, me preguntaron: “¿Qué es más importante, la luz o el agua?

Sin dudar contesté: “La luz, desde luego”. Exceptuando lo que llamamos los biólogos el fotoperiodo, que es el número de horas de luz diaria que recibimos, todo lo demás no es fiable porque es variable como el tiempo, o como el patrimonio, que ya lo estamos viendo, cómo se nos va la lluvia, cómo se nos viene la ruina encima; pero la luz, de la luz del sol sí que podemos, de momento, fiarnos.

Y por eso prosigue Tolstoi…”en vano arrancan hasta la postrera brizna de hierba; en vano impregnan el aire de petróleo y de humo; en vano cortan los árboles y sueltan las bestias y pájaros; porque hasta en la ciudad la primavera es siempre primavera”.

Y esto se cumple porque la primavera no depende del cielo, ese niño maleducado y caprichoso, sino de la luz que se iguala en estos días en todo el mundo con sus noches, doce horas de luz y doce de oscuridad, del ecuador a los polos, y que nos trae el equinoccio de primavera a los que vivimos en el hemisferio Norte.

Escribía hace unas semanas Marcello que a lo mejor sabía yo algo de la sequía, que quizás las plantas me hubieran contado qué está pasando; pero las plantas no sólo no hablan como Marcello sino que sólo responden a la luz de los días y, para sobrevivir (las plantas silvestres, no las que cultivamos), se han tenido que aclimatar a este tiempo de locos que tenemos. Nuestra vegetación mediterránea, aunque asolada por mil plagas e incendios, parece saber mejor que nosotros lo voluble que es el cielo.

Tampoco voy a contar la campaña de publicidad sobre el agua que me encargaron hace unos años, pero sí diré (estoy poco y a la vez muy habladora hoy de más), que se me ocurrió una frase cortando la hierba que resultó lo mejor de todo, una de esas frases que te deslumbran como si no se te hubieran ocurrido a ti, algo así como lo que decía Truman Capote de esas frases que parecen dictadas desde una nube.

Una frase tan certera sobre la escasez que resultó un error garrafal porque, nada más entregar yo mi trabajo, se puso a llover y ya no paró. Trombas e inundaciones. Corría como el agua el año 2008 mientras se evaporaba la ilusión por ver expuesta mi frase, deshecha ya para siempre en papel mojado.

Cometí el error que solemos cometer todos, que es fiarnos del cielo, cuando lo único que de verdad tenemos es la luz de este día entrando, con la primavera, por la ventana.