El sexo de las palabras

La primera persona que me corrigió con el género de una palabra fue, en su pazo de Santa Cruz de Rivadulla, Alfonso Armada, cultivador de camelias, para decirme que no se llamaba al árbol camelio sino, igual que la flor, también en femenino, camelia.

Solo conocía hasta entonces un caso de cambio de género en un árbol, el olmo, que en Extremadura algunas personas, según me contaron, llaman olma; pero la anécdota de la camelia fue suficiente para que después fuera yo fijándome en el género de las palabras, que tantos análisis y comentarios está suscitando estos días.

Precisamente un académico al que yo admiré y del que casi puedo decir que fuimos amigos, Valentín García Yebra, fue alguien que ya escribiera de este asunto en una Tercera de ABC del 29 de enero de 2002 titulada, precisamente, “Sobre títulos femeninos”, y en la que nos reñía a las mujeres por no defender, también en nuestra profesión, nuestro género, poniendo de ejemplo al P. Juan Eusebio Nieremberg cuando se dirige a la Virgen a mediados del siglo XVII llamándola “médica celestial”.

Personalmente, siempre me ha costado decir, por ejemplo, “una”, pues prefiero considerarme “uno” (uno más) que “una”, pues delimita a la mitad lo que en la multitud como individuo, y no como individua, quisiera decir, por lo cual creo que hay que tener cuidado no vaya a ser que por querer destacar y delimitar, vayamos las mujeres y todo el género femenino a menos.

En la Naturaleza, esto daría para mucho como señala el académico Ignacio Bosque, al referirse también a la Naturaleza en su informe “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” donde se pregunta: “¿Debemos entender tal vez que es correcto discriminar a las hembras en expresiones tan comunes como los perros, los gatos, los lobos o los jabalíes, o hemos de interpretar, por el contrario, que no es preciso que el género tenga aquí correspondencia con el sexo?”

Sólo entre los mamíferos hay también casos en los que son los machos los discriminados con nombres como gineta, comadreja, marta o garduña; y en las aves, gana el género masculino si nos atenemos a las tres primeras letras del abecedario donde encuentro, entre los nombres vernáculos del diccionario de Bernis, que los nombres masculinos son para empezar 60 frente a 29 femeninos.

Sin embargo, ¿cómo no iba a ser femenino el nombre de lavandera si es un ave que camina como una señorita (también así se llama) que baja a lavar al río? ¿Cómo podría llamarse de otra manera si las palabras pintan para que no se vaya para siempre lo que vieron y pensaron los ojos?

Probablemente, ni queriendo, ni poniendo todo el empeño del mundo se pueda entutorar al lenguaje para que vaya por donde pretendamos, ya que el lenguaje no es que esté vivo, es que está más que vivo porque vive más allá de la vida y de lo que nombra.

El lenguaje pertenece a ese ámbito espontáneo de lo que, viviendo, no muere nunca.