Un día en el jardín

Amanece y no quisieras despertarte en otra parte. Viene un día que nace en paz consigo mismo.

Abres la puerta y hay un rumor de pájaros, diminutos fringílidos, que migran de noche estos días en grandes bandadas y que al amanecer caen en nubes sobre las copas, aún deshojadas, de los castaños.

Desde lo más alto, como para decir a los pájaros residentes que no les quieren quitar el puesto, que sólo están de paso descansando, bisbisean una melodía, cada uno la suya, lo cual produce un sonido confuso que recuerda al de los estorninos antes de marcharse al atardecer al dormidero, pero en este caso es mucho más dulce, y más delicado, porque viene de los pájaros más diminutos, más peso pluma, como los pardillos.

Es uno de esos días en los que anhelas lanzarte a la faena del jardín, que es una batalla perdida desde que pones la primera planta. Como las casas, nunca están los jardines más bonitos que cuando están vacíos, llenos de la imaginación nuestra.

Parecen las plantas al principio tan diminutas como esos pájaros que cantan al unísono, pero después crecen tanto que ya todo será un batallar para que no se salgan, como los niños en un colegio, de la fila.

Mi madre suele decir que el jardín es el cuarto de jugar, pero no es cosa de niños sino, al contrario, de una voluntad tremenda y madura, decidida, a domar la Naturaleza que siempre se desmanda y se sale de las líneas que inocentemente, le marcamos.

Parece mentira lo que ha crecido la madreselva, la cual ya no recuerdo si la traje del monte o del vivero, pero que se ha puesto a medrar por la valla de tal manera que ahora cae a la tierra y donde pone la planta el tallo, echa unas raicillas que dan tallos nuevos, y así, como quien no quiere la cosa, silenciosamente, lanza, igual que un pescador lanza el sedal, sus tallos por encima de las hortensias, a las que va secando según las oscurece con sus hojas porque antes se marchita una planta por la falta de luz que de agua.

Mientras tanto, los mirlos han encontrado en esta maraña el lugar ideal para anidar y como, además, al comer sus frutos los difunden, pájaro y planta vuelan juntos. Incluso han conseguido cruzar la carretera, saltarse la barrera del asfalto, de tal manera que mi pobre vecino, que es campesino, sin quererlo ni beberlo se volverá también jardinero porque ya tiene en su cerca la madreselva que planté yo aquí hace años.

Tiraba esta mañana de un tallo y era como estar pescando sardinas con una línea, pues costaba arrancarlo hasta que al fin asomaban las raíces como anzuelos.

Es una pelea dulce, de esas que sabes que tienes perdida de antemano, pero te gusta estar ahí, podando sin pensar, mientras la nube de pájaros que cayó anoche del cielo, antes de seguir su camino, para enredarse en tu vida y en tu recuerdo de este día, canta.