Cuando los hijos emigran

Me enseña, orgulloso, su contrato.

Tiene razón, es bonito. Está escrito en francés sobre un papel de tacto casi de tela deshecha en agua, con el nombre de la firma en relieve. Se detienen ahí también mis dedos como si así, a ciegas, pudiera conocer mejor la empresa a la que se marcha.

Seguramente es una carta tipo, de esas que se escriben una vez y se reproducen mil veces, pero al menos alguien se tomó un día la molestia de redactar la bienvenida con amabilidad, lo cual dice mucho de esa compañía…”estamos muy satisfechos de que vaya a trabajar usted con nosotros”…y todas esas palabras que arrancan desde el principio un compromiso.

Mi hijo está contento. Le brillan los ojos. Su padre le ha dado la mitad de sus corbatas, previo paso por el tinte, y le ha acompañado a hacerse un traje y unas camisas. De vez en cuando se enfada, se revuelve como el pájaro que está a punto de salir de la jaula, pero luego te llama y te pide disculpas porque sabe que tenemos las horas contadas de estar juntos.

Hoy viene Mari a quemar las podas y hace un frío que casi apetece esa fogata en el aire, para acercarse a ella y ver si se nos pasa esta sensación de pérdida de calor que nos va a dejar la marcha del primer hijo.

Se ve ya desde aquí el humo, y también se oye al abrir la ventana.

Las ramas de los castaños crepitan como si se quejaran con una voz un poco ronca, de árbol viejo que al fin hablara, y arden a toda velocidad porque el sol de estos días las ha secado, dejando unos rescoldos que son anaranjados como el propio sol que ya se va poniendo.

Las espirales de hierba, en cambio, son tan silenciosas al quemarse como el trigal con el viento pues solo murmuran, bisbisean igual que las bisbitas que estuvieron por aquí volando cuando había caballos. Tienen tanta agua de antigua lluvia dentro que dan un humo de un blanco muy puro que asciende sin prisas, como si le pesara más al aire, haciendo unas nubes que parecen cumulonimbos.

Todo para volver a empezar y a labrar y a sembrar de nuevo el campo y hacernos creer que la vida da vueltas cuando en realidad jamás vuelve al mismo punto, en una espiral que es igual que la de un rulo de hierba.