El dormir de las ramas

Voy a salir a dar un paseo sin irme muy lejos, por los campos de los alrededores de esta casa, que parecen cementerios de Arlington con todas las cañas del maíz perfectamente alineadas, como cruces grisáceas de soldados caídos sobre el verdor del ricial.

Hace sol en las noticias pero no en esta realidad fría y un poco grisácea de invierno puro. Es como si fuera de noche siendo de día, o como si este dormir de las ramas, contagiara al aire una bruma. Salgo, a pesar de esta luz, a hacer fotos de las yemas que ya están brotando, como para decirme a mí misma que alguna savia se está moviendo en la quietud de esta tierra. Ahora vuelvo.

(…) Y vuelvo cargada de fotos y de ramas podadas. Creo que las voy a regalar como se hace con los geranios, que al final son los esquejes que se regalan los que mejor se dan, quizás porque necesitan cicatrizar antes de volver a tocar la tierra. Puede que estas varas que yo he cortado, se den también de esta manera. Aún me acuerdo cuando le pedí a Antonio, el cestero, que me regalara unas varas de saúco porque me había contado una experta fotógrafa de jardines que, con estas varas, que son huecas como un catalejo, se hacían las varitas mágicas de las hadas, lo cual me dio la idea de clavar en la tierra una en cada esquina de la finca para que protegieran la casa.

Hoy, aquellas varas son arbustos de más de tres metros de altura, y al podarlas dan un olor parecido al de las hojas, las cuales, si bien no estoy nada segura de que guarden la casa, al menos sí he comprobado que ahuyentan las vacas que por aquí pasan porque este olor no les gusta nada. Si estuviera por aquí Darwin, o incluso Félix de Azara, añadiría otro capítulo al “Origen de las especies” sobre la relación del ganado con las plantas, porque resulta curioso cómo termina el ganado con algunas especies, y sin embargo, otras se ven favorecidas, como el saúco.

Pero las varas que más le gustaban a Antonio, eran las varas que salen de los castaños cortados a matarrasa. Antes de trabajarlas, recuerdo que las ponía a remojo en una bañera durante días. Era curioso ver las ramas sumergidas con las que haría un cesto para la leña, tan grande que tuvo que meterse dentro para acabarlo, según me contó tras regalármelo; de tal manera que, antes que la leña, fue al propio Antonio lo primero que albergó ese cesto. También, de varas de castaño, hizo un hórreo que se fue clareando con el tiempo, porque las maderas, si están dentro de la casa, se oscurecen con los días por blancas que sean, y esto es algo que se ve al levantar las alfombras; pero si la madera está a la intemperie, se aclara con la luz y con el tiempo; incluso la madera que está pintada de gris oscuro, se vuelve gris claro como los ojos de un anciano.

Me quedan las cosas y los recuerdos que me regalaron. Todo esto duerme en mi memoria y en las ramas.