Absentismo

No me extraña, con el frío que hace, que haya tanto absentismo laboral.

Yo aún no he olvidado la cuesta del paseo de Moret en invierno, yendo a trabajar, dentro de mi Seat Panda congelado, detenida a oscuras en el luminoso atasco de primera hora de la mañana. Llevaba el abrigo puesto, los guantes, la bufanda, la mirada clavada en el semáforo, rojo, verde, rojo, verde, y aquello que no avanzaba. Esto no es para mí, pensé. Tenía veinte años.

También era invierno cuando perdí mi tercer trabajo. Me quedé paralizada, colgada de una rama en un abismo. La rama era una colaboración semanal. Sentada en el escritorio, me veía incapaz de escribir. Cada palabra se me clavaba en los dedos. Al final, logré engarzar unas frases como en un telegrama, y a cámara lenta… “Nacidos de un sueño”… Dan a luz en la oscuridad. Paren en sueños y lo que nace es tan pequeño que no les despierta sumar otra vida al Universo (…) En estos días de enero han alumbrado ya al diminuto y caliente pedazo de vida, de sólo 300 gramos. Lo primero que han percibido los oseznos es el olor a musgo, a yerba y a madre. Son “esbardos” que nacen salvajes como todo lo que nace de un sueño, en un mundo civilizado. (…) Ahora nacen en Somiedo, es un hecho actual y extraordinario. Pero querer contarlo no es, tal vez, más que otro sueño.

Aún hoy me echo a llorar cuando lo leo, como si la escritura fuera capaz de guardar el ánimo con el que fueron escritas las palabras. Jamás falté después a mi compromiso con las letras. Escribí hasta en el hospital…”Escribo con el sonido de fondo de una máquina azul que controla el suero de mi hijo, ni niño pequeño. Desde la ventana doble veo las luces del Riazor, todavía encendidas. Gracias a Dios, no ha sido nada, aunque la vida esta mañana se paralizó para mí ¿cuánto tiempo?; mientras tanto, las gaviotas no dejaron de volar, ni se detuvieron las obras en la azotea de enfrente.(…) Tal vez, ojalá, dentro de unas horas le quiten el suero a mi hijo, tan pequeño, y nos vayamos a casa, y se le caiga ese diente que se mueve hace unos días, y en mi espejo descubra otro manantial de canas, y terminen las obras de esta azotea, donde las gaviotas anidarán el año que viene.”

Y así supe que jamás iba a faltar a la escritura. Que no habría para mí absentismo laboral. Que escribiría un día y otro como hacen los grandes columnistas, que no se mueren hasta que tienen enviado el artículo.

Lo único que te fastidia, es no escribir bien. Lo demás, se solventa por el camino; se escribe en un bar, en la cocina, o en el coche con el pensamiento. Pero jamás se falta a ese compromiso.

No hay absentismo laboral para el que escribe, quizás porque la escritura es una manera de ausentarse de todo.