La helada

Como si sobre el tejado estuviera cayendo todo el hielo de las estrellas, se nota que está helando sin salir afuera.

Ya antes de entrar a dormir vimos salir la luna llena, tan fría como el blanco de hielo de las alas transparentes de los charranes del ártico que pasan sobrevolando el puerto, y tan al norte sobre el horizonte que se diría que también la luna llegó volando desde el polo.

Después se elevó a toda velocidad por encima de las ramas de los olmos, para luego ir a dar su luz sobre las hojas de un verde oscuro, verde estanque, del magnolio, que a esta luz de la luna de enero brillan más que con la luz del sol pues los rayos solares rebotan, mientras que los de la luna se quedan en esa oscuridad verde como si más que iluminarla, la cubrieran de luz lunar, luz blanca, luz fría, dulcemente.

Esto es algo que observé ayer por vez primera justo antes de entrar en casa y de darme cuenta del detalle que ha tenido el magnolio de no crecer todo lo que yo hubiera querido porque de ser así, ahora daría sombra, incluso de noche, al tejado sobre el que se ven, a las once, muy altas, las tres Marías de la constelación de Orión, titilando, temblando su luz como yo de frío.

Igual que en las noches de tormenta, sientes un enorme agradecimiento por no tener que dormir al raso, por saber que, a pesar de tener los pies helados como si hubieras caminado por la superficie de esa luna de invierno, gracias al abrigo de tu habitación, tu corazón no va a volverse en la oscuridad, mientras duermes, también blanco.

Al contrario de otras noches en las que no te apetece que se haga de día, estás deseando que amanezca para ver si las ramas brillan al día siguiente igual que la rama cristalizada de Stendhal en la mina de sal de Salzburgo, o si la hierba se ha quedado petrificada, o las hojas del suelo cubiertas de escarcha. Miras también el valle de enfrente para darte cuenta que allí está más blanco, como si cayera la helada igual que la lluvia, por chaparrones, más en un lugar que en otro, y suele ser debajo de los árboles de hoja perenne donde el hielo permanece más horas en su sombra blanca.

Esta mañana vi a Eliseo cargando con unas ramas de laurel que acababa de podar porque es con la helada cuando mejor se curan los chorizos en las lareiras, a partes iguales de humo de laurel y de frío. Además se aprovechan estos días para quemar las podas de los frutales, y el aire, que está más limpio que nunca, huele al humo dulce del fruto que ya no darán esas ramas.

También la galería se ahúma, pero de vaho, para luego abrirse al paisaje porque al final es este sol que trae el hielo, el que da más calidez tras los cristales.