De viaje

El viaje ha transcurrido bajo un cielo solitario y azul.

Los campos estaban vacíos como si los campesinos y los pastores se hubieran tomado unas vacaciones y sólo se divisaba de lejos algún cazador que iba andando para que se viera lo inmensa que es la tierra, y lo pequeño que es el hombre.

La tierra está abierta, con las montañas de remolachas ya menguadas, y en algunas zonas ya sembrada con el trigo de primera. Con la ventanilla cerrada, se sabe el frío que hace afuera por la cantidad de hojas que quedan en los árboles porque la capa de abcisión que, como un serrucho, corta el peciolo, funciona mejor si hace mucho frío y por eso en la ciudad no terminan de caerse las hojas a pesar de los adornos de Navidad, porque los edificios, y sus humos, hacen de abrigo.

Según la abandonas, el frío, aun siendo mayor, hace menos daño, porque el aire va siendo más puro. Van apareciendo también, tras los edificios y las casas que empiezan a salpicarse por el paisaje, las primeras choperas ya deshojadas, o algún robledal con las últimas hojas lobuladas y pardas en los extremos de las ramas, o los pinos de Valsaín tras el túnel de Guadarrama, que son para mí los pinos más elegantes que existen; y luego esos otros pinos que son los más poéticos, porque son iguales que los que dan sombra a la casa segoviana del poeta Jaime Gil de Biedma, y que son los llamados pinos piñoneros, de copas que proyectan la misma sombra circular que los parasoles, esos pinos que había en casi todas las casas grandes para la repostería, y que dan unas piñas grandes y pringosas como un dulce.

Después la tierra se abre y se despeja y empiezan a verse los primeros milanos reales, a los que se distingue por la cola ahorquillada, como de golondrina, y las manchas blancas bajo las alas, casi siempre volando por encima de la carretera. También aparecen cernícalos en los brazos del aire, y alguna cigüeña, solitaria, recién llegada, en lo alto de su nido en un poste; aunque también he visto nidos todavía vacíos como el que hay, ya lo conozco, en el ápice de un álamo tan solitario como el cielo y el paisaje.

El viaje es el mismo pero siempre es distinto. Los campos de cereales están ahora grises, helados de frío, al igual que las ramas de los árboles, verdes de líquenes y hoy, al pasar, blancos de escarcha en las laderas de la umbría, cuando ya íbamos llegando hacia el norte y la tierra se iba volviendo más roja, y luego más negra, de humus y de carbón, y los abedules más violetas y la montaña más abierta, con algún rodal de niebla, que es el sueño de las montañas soñando cómo eran.

También los tendidos eléctricos, con sus estorninos posados en los cables, sueñan en invierno que son árboles.