El nombre

Puede que el nombre sea la cosa más valiosa que tenemos.

Una vez me preguntó el responsable de relaciones externas de la más conocida marca de refrescos qué era lo que más valía de su empresa, que si les dieran a elegir, qué tendrían que salvar antes de perderlo todo ¿la fórmula?, ¿el diseño de la botella? Resultó ser la marca, el nombre. Con el nombre, dijo, “solo con el nombre, podríamos empezar de nuevo.”

Es algo que no he olvidado. La fuerza que pueden llegar a tener cuatro letras, capaces de hacer, con la manera en la que están ordenadas y por la evocación en la mente de las personas al oírlas, que inmediatamente lo que nombran, valga algo. Cada nombre, podría decirse, ahora que no estamos en tiempos de honor, es una marca, algo que debemos cuidar como si fuera nuestra mejor empresa porque con el nombre, solo con el nombre, podemos empezar de nuevo, si nadie lo ha dañado.

Creo recordar que era Jaime Campmany quien solía decir que se conformaba con que sus amigos escribieran bien su nombre, y me recuerdo a mí repasando una vez y otra su apellido para no equivocarme si le escribía porque a mí, esto es algo que también suele dolerme cuando falta el guión o la “y” de mi apellido, que me dan ganas de decir, mire, escriba por favor bien mi nombre, que es lo único que tengo.

Ya me dijo un notario que el patrimonio es lo más variable que poseemos a lo largo de la vida, tan variable como el vapor de agua o como las Unidades Dobson de la capa de ozono; pero el nombre, el nombre es, desde el principio, para siempre.

Se va haciendo poco a poco, y en él ponemos lo mejor de nosotros mismos porque en realidad es lo único que de verdad dejaremos a nuestros hijos. Ellos vivirán con su nombre, que es el que les dimos, pero con nuestros apellidos. Todo lo que hagamos será para su orgullo o para su vergüenza. Por eso, cuando alguien estropea su nombre, me dan pena sus hijos, que llevarán de por vida el buen nombre que manchó su propio padre.

Le doy esa misma importancia, vital, a las palabras de la Naturaleza, ese pequeño lugar infinito en el que se encuentran la mirada humana, la especie, y el nombre que se le otorga, sobre todo los nombres vulgares que me parecen de lo más exquisito del lenguaje: neblí, ricial, pardal, azulina, nébeda, de tal manera que si los nombras aunque no los tengas delante, evocan quizás lo que ya ha desaparecido como si aún siguieran viviendo, al igual que sucede con los nombres de las personas.

Ya no están pero puedes nombrarlas con el pensamiento para que, por un instante, lo que fueron, viva.

Y es el nombre, solo el nombre, nada más y nada menos, lo que, al pensar, decimos.

Digo tórtola, y es verano. Digo escarcha, y tengo frío. Digo estorninos, y es otoño. Tarabilla. Y es primavera.