Mujeres

Las palabras son como nitroglicerina que llevaras en una copa de cristal de La Granja.

Cela decía que escribir era un trabajo parecido al del verdugo porque se hacía de cara al público; aunque quizás, pienso ahora, también lo dijo porque sabía lo afiladas que pueden llegar a ser las palabras, que incluso te puedes cortar un dedo sin querer con el filo de un folio.

Y esa es la trampa de nuestro siglo para las mujeres. No la casa. Ni los hijos. Ni la familia. Sino el patrón que de ellas, de nosotras, se está cortando con las palabras. La mujer que caiga en esa trampa, está perdida, porque ya no hará otra cosa que adecuarse al molde que de ella se escribe. Y ¿cuántas líneas se escribieron esta semana de Lynn Margulis, la bióloga que nos ha dejado uno de los mayores asuntos para pensar, teniendo para juzgar el grosor de unos brazos femeninos?

Juzgar a la mujer por su apariencia me parece tan grave como lanzarle piedras, porque se ignora todo lo que ella hace, su trabajo, su tesón, su inteligencia, hasta acabar oculta por los comentarios sobre su aspecto, con palabras que pueden llegar a ser una losa de por vida para su futuro.

Pero ahí está Lynn Margulis para recordarnos la importancia del pensamiento femenino, más bello incluso que su apariencia porque está dotado de una manera distinta de resolver y de observar, más detenida, por la que pudo Lynn colegir que tal vez seamos simbiontes, es decir, seres que no están hechos solo con sus propios genes, sino con la suma de otros genes ajenos que llevamos alojados como huéspedes en las mitocondrias de nuestras células.

Y ha querido la coincidencia que Margulis haya fallecido sin el premio Nobel justo cuando se cumplen cien años del segundo premio Nobel que recibiera María Sklodowska, Marie Curie, la primera persona en obtener dos premios Nobel. Tengo que decir que me llamaba la atención su frente, amplia y despejada como una playa, a la orilla de las cejas y de los ojos. Hizo de los destartalados laboratorios, el lugar de los sueños. La ciencia y el arte tienen estas cosas, convierten el hambre en olvido, la pobreza en riqueza. Marie Curie va al mercado, limpia la casa, da de comer a su hija, y remueve durante horas una masa en ebullición con una barra de hierro para aislar de la pechblenda el polonio y el radio que, de noche, alumbran el laboratorio con una luz fluorescente y marina.

¿Qué hubiera dicho de su pelo el premio Nobel Watson como dijera del peinado de Rosalind Franklin sin la cual jamás hubiera codescubierto la estructura de la doble hélice del ADN? No reproduzco las palabras porque no tengo aquí ahora el libro. “La doble hélice”, se llamaba. Lo saqué de la biblioteca y no quise comprarlo.

Guardar el libro de alguien que escribe solo de la apariencia de una mujer, que es un Universo, no merece mi crédito.