El apagón

El sol, mudo, seca las hojas para hacer ruido, de lejos, con las pisadas.

Cuando mi abuela me hablaba de la guerra, nunca me habló de los muertos sino del hambre que pasaban y aunque tuviera que ser en un día parecido al que en este instante está amaneciendo, de sol y de frío y de hojas que entre los pies murmuran, yo siempre lo imaginaba todo oscuro, como si el hambre fuera algo negro.

Es muy temprano y tengo en la casa a mi hijo mayor encerrado para terminar su carrera y ya no sé si quiero que acabe porque me da miedo, como si fuera a enviarle a una guerra. Que ¿quién es el enemigo? Seguramente el dinero que arruinó las vidas. Porque aquí y allí, todo son víctimas que vemos caer cada día, padres con tres hijos que de pronto se quedan sin trabajo con cincuenta años, y aunque siguen en pie, su vida está fulminada, caída en esta guerra que aún no sabemos muy bien qué es, de qué se trata, porque todavía estamos dentro de ella, pero de la que hablaremos a nuestros nietos, como hicieron antes nuestros abuelos, “vosotros no habéis vivido una guerra”, “el hambre que se pasaba”; y ésta, es nuestra guerra.

Pero la vida sigue y ya están, como si nada sucediera, las ciudades engalanadas para la Navidad. Me pregunto si tanto dispendio es necesario. Yo por aquí no creo que ponga más adornos que las piñas del magnolio que este año han dado unas semillas muy rojas que están como queriendo caer para empezar de nuevo, tan brillantes que se ven de lejos en el árbol y que son tan bonitas hoy como hace doscientos millones de años, cuando no había nadie sobre la Tierra para mirarlas.

También pondré el nacimiento, aunque solo sea un pequeño misterio quiteño de madera tallada. Pero las luces, me quedo este año con la de las estrellas. Jamás había visto tantas en el cielo y, anoche, además, casi no había luna, tan solo una línea muy fina que no parecía suya porque brillaba por fuera y daba una luz de penumbra, luz cenicienta, al resto de la luna, cuyo contorno se apreciaba en la oscuridad claramente, mientras el gajo finísimo de luz era tan intenso que pareciera estar alumbrando de lleno a otro planeta. El cielo en Navidad, como si sobre las estrellas estuviera cayendo también la helada, es mucho más brillante, y parece detenido en el tiempo. Te sobrecoge mirarlo. Son las verdaderas luces de Navidad, por eso más que alumbrado, habría que hacer un apagado de cinco minutos para verlas.

Estrellas que no han dejado de brillar mientras el mundo vivía sus vicisitudes, como el sol, callado, dando vueltas.