Playas de otoño

El agua del océano vuela con el viento en la playa de San Jorge.

Una mezcla de esta agua y de sal y de arena va impregnando el pelo de tal manera que si no lo llevas envuelto como los nómadas en el desierto, luego no habrá manera de peinarlo. Se queda como una estatua de sal en la cabeza. Incluso las gafas conviene llevarlas aunque no haga sol, y hasta un impermeable aunque no llueva, porque esta agua volandera se cuela por todas las rendijas de la ropa hasta dejarte el frío del mar dentro.

El océano es aquí de un azul muy claro y las olas muy blancas, excepto en aquellos lugares donde se acumulan los sentinazos, el lavado que los buques hacen de las sentinas, y que siguen dándose aunque nadie parezca prestarles la más mínima atención. El daño, sin embargo, cuando es invisible, es peor. Y personalmente prefiero ver el esporádico crudo sobre la arena, que por saber dónde está claramente puede quitarse, que esta contaminación constante, impune y silenciosa, porque he podido observar que es la que más daño hace.

La Naturaleza, como cualquiera de nosotros, acaba por sobreponerse con el tiempo a la catástrofe, por grande y clamorosa que ésta sea, pero no es capaz de hacer frente al pequeño daño que se mantiene en el tiempo porque los ecosistemas están diseñados para empezar una vez y otra con la sucesión de las especies como un niño que canta la tabla de multiplicar todo seguido; de tal manera que, si en vez de una interrupción, hay muchas y seguidas, no pasa el ecosistema de la tabla del uno.

La primera persona que me habló de esta playa, y del verdín de sus piedras, fue Gonzalo Torrente Ballester, porque él venía aquí de pequeño, y si ya para los adultos la playa de San Jorge es grandiosa, que hasta te cuesta respirar por tanta belleza junta, qué no será para un niño, ver la curva que hace sobre el monte la playa, como si las olas no pudieran excavar otra cosa que esa gran semicircunferencia sobre la tierra; y tras la arena, la duna, amarrada firmemente por la lechetrezna, que asoma como un triunfo, al sujetar incluso el viento, para que pase con menos fuerza hacia una suerte de hondonadas donde se dan plantas que ya casi no quedan. Y luego el monte, profusamente poblado de árboles, y al fondo de la playa, donde pocas veces llegas, porque parece que jamás la alcanzas, unas rocas negras donde el océano, cuando baja la marea se resguarda, y hace una suerte de piscina donde nadan las robalizas.

Ayer sólo estábamos nosotros, y mis sobrinos Javier y Manuel buscando esos cangrejos violinistas -Uca tangeri- que tienen una pata mucho más grande que la otra, de tal manera que mueven la pinza pequeña sobre la grande como si tocaran el violín para atraer a las hembras.

No había nada, pero encontraron algo mejor, que es la playa en otoño, llena de olas galopando hacia la arena como caballos blancos.