El mitin

Se me había olvidado lo agradable que resulta que alguien te pida algo.

Quizás solo por eso, o puede que también por la tortilla que dan al final, tras media vida de democracia, he descubierto que me gustan los mítines; pero los mítines en los pueblos pequeños.

Porque frente al polideportivo siempre desangelado, donde no te dan más que banderas y gorras y bufandas; en los pueblos pequeños se celebra el mitin en el mejor de los restaurantes, lo cual asegura la cena. Afuera llueve. Hace frío. Y está oscuro. Pero el restaurante tiene más luces encendidas que todo el firmamento. Y hay tanta gente en la puerta que no se puede entrar, como cuando inauguraron la sucursal de un banco cuyo catering fue tan abundante y de tanta calidad que yo al día siguiente abrí una cuenta.

Aquí el tapón se originaba por las puertas cerradas del salón, lo cual obligaba a los que veníamos sin cenar, al menos a consumir algo en la barra, un vino, una tapa, o algo de lotería de la del cura. Fue en este lugar donde yo vi por vez primera una gineta, disecada, claro, que ahora está prohibido exponerla, pero cada vez que me la encuentro viva y se me queda mirando de noche en la carretera, queriendo ver con sus grandes orejas, y oír con sus expresivos ojos de pupila vertical, para después marcharse con la calma del que fuera un animal doméstico, la relaciono enseguida en el pensamiento con la gineta que tenían hace unos años en este restaurante encima de la chimenea. Al fondo, cuando se entreabre la puerta por la que no nos dejan pasar todavía, se ve el fuego encendido, con troncos grandes, y sus musgos de siglos.

Ya en el salón, nos lo encontramos vacío, casi sin sillas. Tras agotar las que quedan a la vista, las van sacando de detrás del escenario según se van necesitando, quizás porque la silla vacía representa la duda, la abstinencia, o el voto en blanco. Pero al final hasta de pie hay gente cuando empiezan a hablar los que vienen como de gira, de pueblo en pueblo, y a cada cual me parece que habla mejor, que incluso, junto a mi suegro, aplaudo y tengo que decir que aprendo economía, y alguna anécdota que merece la pena contar como la que relató magistralmente el que me pareció más sabio de todos, y que atribuía a alguien, cuyo nombre no escuché bien, esta cita:

“Hay dos maneras de perder una guerra. Una: dándola por perdida, y otra: dándola por ganada.”

Pero no sé qué hago yo aquí en este momento, a las cinco de la tarde, habiendo empezado ya un mitin de uno de los líderes principales en otro de mis restaurantes preferidos, a pocos kilómetros de donde estoy ahora mismo.

Quizás den café con pastas, también al calor de esa agradable humildad de los políticos en campaña.

Mi voto. Mi pobre y poderoso voto.

Hacía tiempo que nadie me pedía con tanta amabilidad nada.