Primavera en Sudáfrica

Como si toda la savia del mundo hubiera venido a caer hacia el sur, se ve llena de verdor Sudáfrica.

Ahora mismo, mientras trato de escribir con los acentos que le faltan aquí a los ordenadores (nunca más sin mi ordenador, lo prometo) está silbando una suerte de oropéndola cuyo canto creo que describiría mejor si no tuviera que estar pendiente de las letras porque no hay nada que distraiga más, para escribir, que fijarse en las palabras que se están escribiendo.

Quisiera poder centrarme sin que los términos cambiaran espontáneamente de idioma, en el arbolado de jacarandas plenamente florecidas de púrpura sobre sus ramas negras, tras las últimas lluvias que han dejado en el cielo un aire tan puro como si nadie jamás lo hubiera respirado.

Me ha parecido Johannesburgo menos pobre, como si la primavera le hubiera otorgado riqueza, y todos esos niños y vagabundos que se veían por las calles se diría que ahora son muchos menos mientras me comentan que ya hay también vagabundos blancos tras la nueva discriminación que se vive en Sudáfrica, por la cual los afrikáners están emigrando a Australia y Nueva Zelanda a pesar de haber nacido y vivido durante generaciones en estas tierras, mientras van cayendo de los países del norte tantos emigrantes que de los cuarenta y ocho millones que tiene aquí la población, ya solo quedan cuatro millones de blancos. Y si como está previsto sale elegido Julius Malema, a pesar de que ahora mismo están buscando indicios de corrupción en su pasado, lo más probable es que esta tendencia se acentúe hasta convertir al blanco en Sudáfrica en algo tan en peligro de extinción como la naturaleza salvaje. Porque lo que se aprecia con claridad de un año para otro, es también como el exceso de población va arrinconando cada vez más a la vida silvestre, la cual se resguarda como puede, ayudada por el hombre, es decir, de manera domestica, en los parques nacionales y en las reservas privadas.

Pero la escasa y espontánea belleza, aún estando hoy hecha trizas, sigue siendo indestructible en África, y mientras los guías se empeñaban esta mañana en que me hiciera fotos tocando las orejas a un elefante, pude ver, de reojo, el fruto parecido al del cohombro de una planta que prospera porque los elefantes no la tocan; una mariposa grande y anaranjada sobrevolando en bandadas los caminos; y un liquen de un verde fosforescente sobre las piedras, tratando cada especie a su manera de recuperar la belleza perdida.