El Mirador

Hacía ya tiempo que sospechaba que desde mi casa se tuvo que ver alguna vez el mar.

En realidad, está en mitad de un monte, en un mar de prados orlados por sauces blancos que crecen en bosquetes pero que también bordean algunas fincas porque los paisanos suelen delimitarlas con estacas de su madera que, a la primera primavera, dan unas ramas con hojitas de un verde casi tan claro, blanquecino, como el de sus flores y al final toda la valla es una cerca vegetal de sauces desde donde vuelan los gorriones en bandada a cada paso que das por el camino embarrado.

Pero aún siendo todo tan campesino y tan terrestre, la presencia del mar, siempre la he notado, y siempre por el mismo punto del horizonte, que es por donde parece subir la niebla, o el aire tiene un olor distinto, más salitroso, incluso es el lugar por el que veo entrar las gaviotas y en años muy fríos, una suerte de limícolas que tendrían que estar en la orilla de las playas y no de estos campos.

Y hacia ese punto del horizonte estábamos mirando cuando le comenté al carpintero que yo sospechaba que, de no estar allí abajo una fila de pinos y de eucaliptos, veríamos el mar. Se trata de una de esas plantaciones que se hacen para obtener beneficios económicos lo más rápidamente posible, teniendo en cuenta la lentitud con la que crecen los árboles; y a mí me parece que son realmente ricas estas especies porque en poco tiempo adquieren tanta altura que pueden ver el mar, mientras a mí, me lo tapan.

“Claro que lo veríamos” me dijo Sergio, y cuando me lo dijo, me dio un golpe el corazón como si me dijeran que está vivo alguien que murió hace tiempo, aunque no lo conociera. Me contó además el carpintero que, cuando era niño, desde la casa de piedra de atrás, veía el azul del mar, desde su ventana.

Por aquí hay ahora una actividad como no recuerdo antes. Se diría que todos los silvicultores se hubieran acordado de pronto de los metros cúbicos de madera que tenían olvidados en los montes y por todos lados se oye una motosierra trabajando, y huele el aire desde que amanece a la savia dulce de los árboles. Porque la crisis no solo se vive en los bancos, sino también en estos depósitos vegetales que son las especies de árboles de crecimiento rápido, pinos y eucaliptos que en veinte o veinticinco años pueden sacar de más de un apuro a sus propietarios.

Podría intentar hablar con el dueño del monte que me quita la vista, o ahorrar para comprarle madera y que el carpintero hiciera un mirador con ella, pero estas cosas que se quieren tanto he aprendido que es mejor dejarlas al azar, que ya aparecerá, si quiere, de pronto un día, la vista del mar.

La imaginación se hizo para vivir mientras tanto.