Manolita

Cuando empieza a llover de esta manera me acuerdo de lo que dijo Manolita, que no aguantaría yo aquí un invierno.

Aquí se llama invierno no al invierno, sino a la temporada de temporales, que suele empezar un poco antes de lo que lo ha hecho este año y que no termina hasta la primavera. El invierno es largo.

Para mí, peor que la lluvia, es el viento cuando sopla a más de setenta kilómetros por hora; o como ayer, en cizalla, el viento de un lado a otro como un serrucho, porque es entonces cuando tira al suelo las ramas más viejas dejando unas cicatrices en el tronco que luego son los nudos de la madera por los que se transparenta la luz, ya que el viento y la luz tienen en este lugar una relación muy estrecha, porque también es el viento el que suele dejarnos sin luz cuando tira las ramas sobre el tendido eléctrico.

Tampoco es fácil sobrellevar la humedad, esa colonización de millones de esporas que, a bordo del agua que flota en el respirar del aire, consigue impregnar las tejas del tejado, las paredes de la casa, o los zapatos de un armario a los que cubre de verdín como el río a una roca.

Por eso cuando sale el sol tras la lluvia, se ven las ventanas de todas las casas abiertas de par en par, porque se tiene más miedo a la humedad que al ladrón que pueda entrar por ellas. No es que se ventile, es que se abre la casa entera, que incluso dispone en ocasiones de un corredor, una suerte de pasillo que empieza por una puerta y termina en otra para que la corriente barra y eche la humedad afuera.

No sé por qué Manolita tenía tanto miedo por mí al invierno. Se me olvidó preguntárselo antes de que muriera, aún siendo la única persona que a mí me ha parecido que seguía viva todavía estando en el comedor de cuerpo presente. No pude entrar a verla y me fui directa al saloncito en el que solía recibirnos y que era largo y estrecho como un vagón de tren, donde había una gran chimenea de piedra con una solera tan grande que te sentabas a gusto en ella mientras Manolita se acomodaba en su sillón de orejas con la mesa camilla bajo la ventana y la luz que entraba por ella, junto al calor del brasero bajo las faldas, que hacía de aquella habitación algo acogedor aunque también algo fría, porque la chimenea solía estar apagada. Nos daba un licor de guindas que calentaba la garganta.

El peso de la pena me llevó a ese salón y sólo al notar como si alguien me estuviera consolando, me di cuenta de que no estaba yo sentada en la chimenea, sino por vez primera en el sillón de Manola. Era verano.

“No aguantará aquí un invierno”, dijo hace veinte años Manolita.

Y no pasa un invierno sin acordarme de ella.