La mirada submarina en El Hierro

En una ocasión escuché decir, precisamente al gran poeta José Hierro (qué poco le hubiera gustado esta coincidencia), que había cosas que no servían para nada, una rueda girando de un coche por ejemplo, que te quedabas no sabías muy bien por qué mirando, y que al cabo de los años utilizabas aquella imagen, lejana, absurda, perdida, para cerrar un buen poema.

Me ha pasado hoy algo parecido con las crónicas que suelo recibir en una rudimentaria página de la naturaleza en la cual trabajo como editora y adonde el submarinista Cristóbal Richart de Buceo La Restinga, nos envía desde hace varios años, con texto y con fotos, las cosas que ve bajo el agua.

Lo último que nos contó fue cuando a menos 34 metros de profundidad vivió un terremoto mientras buceaba en la zona de El Hierro conocida como Baja Bermeja con unos compañeros que describieron la situación, por el ruido, como si un gran buque “estuviera maniobrando encima de nuestras cabezas, un barco pesado, de grandes y lentas hélices”.

Lo que cabe esperar es que los últimos indicios de erupción submarina en la isla de El Hierro se queden en nada, pero a mí me ha dado que pensar, como si estuviera tratando de cerrar un poema en el que llevo trabajando media vida.

Si hoy, o mañana, o en los próximos días sucediera algo en los fondos marinos de El Hierro, no me cabe ninguna duda de que el agua recuperaría su claridad y que las especies marinas se adaptarían aunque en principio, como el cangrejo de pinzas anchas, se enterraran para dejar sólo los ojos a descubierto; o los pejeverdes se echaran también al fondo como cuando pasan los submarinistas la luz de una linterna y ellos se esconden para que la luz, que se refleja en sus lomos, no les delate.

Pero ¿cómo podríamos recuperar lo que nosotros vimos o sentimos cuando aún no había sucedido nada? Porque empiezo a pensar que quizás lo que más valga de la naturaleza sea la mirada humana, eso que Cristóbal nos fue contando sobre el coral negro, los delfines que hacen aros de aire, las maromas o mantas de cuatros metros, las puestas de nudibranquios que parecen diminutas rosas blancas sobre la negrura de las rocas, el tiburón toro, o los peces trompeta que se mueven como algas, según salía de las cristalinas aguas de El Hierro.

Yo vengo de ver los campos de la meseta, agostados pero inundados ya de una luz de otoño con algún ratonero posado en una espiral de hierba seca sobre el rastrojo. Mirándolos, se puede llegar a pensar que hay paisajes que tienen alma cuando tal vez somos nosotros los que ponemos el alma al mirarlos y si algún día faltamos, aunque el paisaje siga tal cual ahí, quizás fue nuestra mirada sobre ellos, ya fuera el perfil de unos montes, un río al caer en su agua la tarde, o la claridad de unos fondos marinos, lo mejor que tuvieron.