Atardecer

No recuerdo un principio de otoño tan caluroso.

El otro día en Madrid, se diría que al atardecer estaba todo el mundo en la calle, al menos frente al Palacio Real mientras el sol, enrojecido, iba cayendo por los jardines de Sabatini.

Unos recién casados se hacían fotos para que la luz de este sol no se marchara sin guardarla como recuerdo de lo que se quisieron, con ese sol, ese día. Los fotógrafos sudaban la gota gorda, porque la luz se les iba. Los novios, sin dejar de sonreír, se miraban fijamente el uno al otro. Tan bien posaban, que todo el que pasaba se detenía, algunos incluso también les fotografiaban, mientras el chófer que les trajo en un oscuro y reluciente coche, aparcado en la zona peatonal, discutía con unos policías.

No lejos de allí, también estaba la Guardia Civil. Quedaba bien el verde de su camisa de manga corta, sobre la claridad de la piedra del Palacio. Vestida de otros colores, pasaba la gente por delante comiendo helados. Había niños en el parque de tierra, y turistas tumbados en la hierba, mientras al Teatro Real empezaban a llegar señoras vestidas de negro y con sandalias y mucho olor a perfume porque venía la Reina al estreno de la ópera de Richard Strauss, Elektra. Como con los novios, había quien se detenía a mirar, más por curiosidad que por otra cosa porque daban calor y pena los que, con este atardecer, tenían que entrar a la ópera. La televisión, el ordenador, incluso el cine y el teatro, todo lo que no fuera estar en la calle, se te antojaba absurdo, con la tarde que hacía.

Por encima, nada más ocultarse el sol, empezaron a pasar volando hacia el oeste unos murciélagos, tan bajos y con tanta luz todavía que se veía perfectamente que eran mamíferos, ratones con alas. Cuántos pensarían que son pájaros, o las golondrinas que ya se han ido, porque tienen una forma de volar como ellas, un poco errática, y también capturan los insectos en vuelo: hasta quinientos por hora, en el caso de los murciélagos. En honor a ellos, tendrían que haber estrenado esa tarde El Murciélago de otro Strauss: Johann.

Daba gusto ver Madrid, cuando el sol se iba y entraba, no el fresco, pero sí una paz como si nada malo hubiera sucedido allí nunca. Sin embargo era imposible no acordarse de cuando Alfonso XIII salió del palacio, contado por Torcuato Luca de Tena; y también por Pla, dos lecturas que entremezclo para leer lo que pensaron del mismo sucedido cada uno.

Pasé caminando bajo el balcón de la casa de María Zambrano, en la Plaza del Conde de Barajas, y me detuve en Botín para echarle un vistazo al menú que no me pareció tan caro como cabría esperar de un lugar tan célebre en el que jamás estuve y al que prometo ir algún día, aunque solo sea para dar después un paseo por la Plaza de Oriente donde al atardecer, sobre los cedros del Palacio, acuden a dormir las palomas de Madrid.