Perdónales, Einstein

Yo no sé cómo son esos laboratorios donde miden la velocidad de las partículas, ni siquiera sé si entra la luz del sol por alguna ventana.

Me pregunto si antes de empezar a trabajar, se detienen a mirar cómo amanece el día, o si se han dado cuenta que desde que llegó el equinoccio de otoño, perdemos un minuto de luz por la mañana, y dos por la tarde.

No tengo ni idea de si alguno de estos científicos se quedó alguna vez asombrado en el puerto al observar cómo, si te da el sol por la espalda y tu sombra cae al mar, salen mil rayos de la sombra de tu cabeza en el agua, como si el pensamiento tuviera luz propia y se propagara también como la luz en línea recta. O si se dieron un chapuzón en el océano y tras tumbarse mirando al sol con los ojos entrecerrados, vieron alguna vez, entre las pestañas, las escamas irisadas de los peces. No sé; no creo que en estos laboratorios de física se entretengan en estas cosas, tan nimias. La luz, casi nada.

Esta luz de otoño que además viene tan baja. ¿Tendrán en cuenta la altura del sol sobre el horizonte?, ¿habrán considerado que la luz varía según las cosas que ilumina?, que lo es todo en un paisaje o en un día, que estamos tan en manos de la luz que no entiendo cómo no hay una previsión específica para ella porque yo en vez de saber el tiempo que hará, lo que de verdad necesito es saber qué matices dará la luz ese día.

Cuando leí ese librito de Einstein llamado “Mi visión del mundo” me encantó su definición sobre el misterio: “El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y de la ciencia verdadera. Quien no la conoce, quien no puede asombrarse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido.” Y entonces escribí, nada más leerlo: Misterioso es este amanecer que estoy viendo y que me he perdido todo el verano, encerrada en la oscuridad de mis párpados. Misterioso es este rayo que me da ahora en los ojos.

También habla en “Mi visión del mundo” del dinero: “El dinero no lleva más que al egoísmo”, y de muchas más cosas que no puedo recuperar porque no encuentro el libro, solo un hilo de araña entre la librería y el sofá de los que despegan y llegan al otro lado del mundo y se ven brillar al trasluz en el aire de las tardes de otoño.

Dicen que Einstein se encerró durante días y días para encontrar la ecuación de la teoría de la relatividad general y que, al dar al fin con ella, el propio Einstein escribió: “Perdóname, Newton”.

Pero al menos había llegado a algo concreto.

Así que mientras no haya datos concluyentes, por haber querido correr más que la luz, perdónales Einstein.