Fuera de sitio

Me llama la atención cómo dejan las personas las cosas.

En la casa de Eliseo, bajo el tejadillo de la puerta de la entrada, hay un paraguas cerrado, lo cual indica que no va a llover de momento. Hace unos días, al pasar, había un carretillo con hierba y otra hierba puesta de pie, apoyada en la pared junto a la puerta, con su raíz al aire sobre el suelo de cemento y su ápice espigado hacia el techo, colocada como si aún siguiera viva después de haber sido segada. Me hubiera gustado hacer una foto, pero no llevaba la cámara, y hoy ya no está la hierba, sino el paraguas, puesto con la misma gracia pero tampoco hago la foto porque ¿qué pensaría de mi Eliseo si me encuentra fotografiando su puerta? ¿Y cómo le explico yo que me parece que hay arte en la manera en la que coloca delante de la puerta de su casa, ya sea el paraguas o la hierba, las cosas?

Hay una luz que parece de atardecer desde por la mañana. Puede que esto también influya en la belleza de lo que me voy encontrando porque no está ahora el paisaje iluminado desde tan arriba, sino casi de frente, ya que el sol ha perdido estos días altura sobre el horizonte y todo lo alcanzan al fin sus dedos luminosos, de tal manera que se diría que tocan y señalan las cosas para que las miremos bajo esta nueva iluminación casi ya de otoño.

Mirando al suelo, te vas encontrado frutos que han sido forrajeados por algún animal o pájaro, y no siempre están en el lugar que les corresponde. Esta mañana por el camino asfaltado que por su estrechez no se puede llamar carretera, lo primero que me encontré fue una manzana, llena de picotazos, probablemente de urraca; y luego una nuez, todavía con su cáscara verde ya ennegrecida y abierta como por un ratón de campo, pero ni la manzana ni la nuez estaban junto a su árbol porque habían sido llevados a otro sitio para ser comidos, a la manera en la que los cuervos se llevan volando en el pico los huevos del gallinero para comerlos después escondidos entre los helechales.

No es raro encontrar ahora talleres de aves en los troncos: avellanas en las grietas del tronco de un árbol donde el pico picapinos o el trepador azul, las incrustan allí para poder trabajarlas en vertical hasta abrirlas en dos, dejando las cáscaras en el suelo, en el caso del pico picapinos; o todavía a medio abrir y medio comer, si ha sido el trepador azul, el que las ha trabajado. Lo curioso es que no sitúan el taller en el árbol que da el fruto y así podemos ver piñas de abeto incrustadas en un tronco de roble; o avellanas en un poste de teléfono.

Cada especie deja las cosas de una manera. Nada queda en su sitio. Toda va y viene en estos rayos de sol que en su rectitud, jamás se detienen.