Tierra firme

El mar te está diciendo siempre que te marches.

Me di cuenta anoche, mientras intentaba dormir por vez primera sobre el agua. El bote estaba fondeado no muy lejos de la costa, y el agua del mar se había vuelto oscura mientras arriba las estrellas parecían también sumergidas en la oscuridad del universo, al no haber luna. No soplaba ni un nudo de viento y solo de vez en cuando llegaba esa brisa que llaman terral porque va de la tierra hacia el mar cuando se enfría de noche; todo lo cual hacía que pareciera que estuviéramos sobre un estanque completamente en calma pero que, sin embargo, se movía, y golpeaba la obra viva del barco como si el agua marina tuviera nudillos de tal manera que cuando apoyabas la oreja para dormir, escuchabas una vez y otra ese sonido que es el que, si pudieran, oirían también los troncos que van a la deriva, y que es un constante empujar y a la vez un decir: vuelve a tierra, vete de aquí, vete de aquí, vete de aquí.

Antes de intentar dormir, nos dimos un baño y no se sabía si estábamos nadando sobre el mar o sobre las estrellas, porque toda el agua que movíamos brillaba con esa luz fría cuyo origen está en una reacción de defensa de unos microorganismos dinoflagelados que dan una bioluminiscencia como de luz de neón, y así se veían las piernas y los brazos: blanquecinos y azulados, brillando como las estrellas al nadar en la oscuridad del agua.

Luego te secas y te abrigas y tratas de dormir un poco, pero no puedes. Todo parece quieto, pero el agua se mueve, y el bote se aproa con la más ligera de las brisas. No es mareo, es verte en un lugar que no es tu medio, y el sueño, que lleva acostumbrado a la tierra firme desde que lo estrenas, se ve de pronto flotando casi pegado al mar, y no llega por ningún lado, por si acaso.

Al día siguiente, aparece el pueblo de pescadores lleno de sol con sus fachadas de colores de la pintura que sobró de los barcos, y sobre la playa, a la que, de los robles, caen las primeras bellotas haciendo eco entre las piedras, hay, como si fueran correlimos, mariscadores furtivos que se ven de lejos porque cualquier persona resulta siempre más vistosa que el más llamativo de los pájaros, aunque al acercarte nadando casi levanten el vuelo como gaviotas. No quieren que les preguntes y aún así me entero de que han encontrado nécoras en el bajío, entre unas rocas llenas de lapas que estuvieron de noche ramoneando las algas y que ahora, cuando pasas, hacen un ruido muy curioso, como si se dijeran unas otras que alguien se acerca.

Ya de vuelta, te das cuenta, por pequeña que sea, de lo grande que es la casa, y de lo importante que es tener, en este mundo siempre a la deriva, un lugar, un poco de tierra firme.