Abstenerse curiosos

Esta mañana aparecieron dos señores preguntando por el pazo.

Se bajaron de un coche rojo. Primero el que era algo más joven y más alto, aun no siendo ni muy alto ni muy joven; y luego el que parecía el verdaderamente interesado, viejo, calvo y con camisa negra.

Al fondo se veían las judías que mi vecina riega todas las noches y que con esa agua constante y nocturna han florecido de blanco subiendo por unas cuerdas que son como barrotes de unos tres metros de alto, lo cual hace que todo el que se detenga junto al portalón de mi casa, quede con este verdor de las judías a sus espaldas.

De haberse dado la vuelta, y podido apartar como una cortina este altísimo huerto de judías, hubieran vislumbrado los señores el pazo que buscaban. Bueno, más bien el monte donde está el pazo, porque el pazo, ni yo misma lo he visto. Solo en una ocasión, aprovechando que unos amigos tienen las tierras colindantes, fuimos campo a través de tal manera que no hacía falta acceder por el camino en el que se advierte que no pases porque es propiedad privada, y así aparecimos como quien silba frente a sus muros.

La piedra y después sus propietarias, te detienen, pero ya antes lo hicieron de mala manera los árboles. Porque el pazo está en lo alto de un monte profusamente poblado de eucaliptos que parecen soldados protegiendo una fortaleza. No es ya solo la verticalidad y la altura de sus troncos, sino esa tristeza que el eucalipto desprende en el olor, las lánguidas hojas y la caediza corteza, por estar la especie alejadísima de su tierra, su continente de origen, y porque aquí, desde el pájaro al animal, todo le falta.

Yo a veces me acuerdo del que introdujo el eucalipto porque es la prueba de cómo una sola persona puede cambiar todo un paisaje. Dicen que fue el misionero benedictino Fray Rosendo Salvado, quien seguramente no sospechó que aquellas urnas de madera que trajo en 1860 a su familia de Tuy desde Australia y que parecían saleros abiertos en cinco radios de los que salían diminutas semillas negras, cambiarían la faz de la tierra sobre la que había nacido.

Y el pazo tiene alrededor tantas hectáreas de eucaliptales que cuando talan algún pedazo queda tal calva en el monte que se diría que podría divisarse desde la luna, o que la luna es feliz al poder pasear su luz por un lugar tan desolado como su superficie tras la saca.

Acabo de encontrar en Internet la página donde explican cómo es este pazo que ahora se vende. Hasta hoy, muy pocos lo vieron; y lo que no llenan los ojos, ocupa la imaginación entera. A mí me contaron que tenía una biblioteca a la que me encantaría echar un vistazo porque allí vivió un poeta. Pero lo dice claramente en el anuncio y con letras mayúsculas: “ABSTENERSE CURIOSOS”.

Y yo, sin lugar a dudas, como los señores que vinieron esta mañana, soy uno de ellos.