Horror y hermosura

El hotel de Recife, donde se suele hospedar Lula da Silva cuando regresa a su estado natal de Pernambuco, tenía en la noche un aire apagado y triste.

Puede que influyera que los clientes estuvieran petrificados y enmudecidos frente al gran televisor del “lobby” mientras Brasil perdía por penaltis, contra Paraguay, la Copa América. Quizás también las recientes lluvias que habían arrastrado personas, barro y aldeas, tuvieran también que ver con esta humedad y tristeza que no te quitas de encima en Recife. Hasta el paseo marítimo resultaba tenebroso y mortecino, como de ciudad fantasma.

Al día siguiente, con la luz del sol, la cosa no cambia. Al contrario. No consigues despegarte, como si de melaza se tratara, la desagradable sensación de que en esta esquina del mundo asomada al océano Atlántico se agolparon muchas almas desgraciadas, esclavos africanos que traían hasta aquí para trabajar en los campos de caña de azúcar, mientras arribaban también los barcos que venían del Viejo Mundo, “Boa viagem”, buen viaje hacia el Sur les deseaban los pescadores de Pernambuco.

No resulta difícil hacerse a la idea de lo que debió de ser entonces este lugar subiendo hasta la hermosa ciudad de Olinda, con su preciosa vista de palmeras e iglesias blancas con fondo marino, de artesanos que trabajan la piedra o la madera, de colores inocentes que recuerdan a los que ya viste antes en Panamá, en Puerto Rico, en Costa Rica, esos colores azules claros, amarillos, rosas intensos sobre blanco que son como una infancia de la historia, o cuando en esos días de la historia la humanidad conservaba en estos colores la inocencia que ya no tenía.

La influencia holandesa se aprecia en Olinda por la estrechez de las fachadas de unas casas muy profundas cuyos tejados españoles, portugueses y rojos, van bajando entre el verdor tropical hacia el mar por unas anchas y hermosísimas calles empedradas en las que a cada paso hay un monasterio, un convento, una iglesia de San Benito donde los hombres pedían a Dios misericordia junto al mercado de esclavos. Los oscuros gallinazos, luto en el cielo, sobrevuelan los campanarios.

Desde aquí, se divisa Recife. Al principio, crees que son nubes, una bruma blanca y marina que se ha pegado a la costa, hasta que descubres, con espanto, que tras la hermosa arquitectura de Olinda, lo que hay hasta donde te alcanza la vista son rascacielos levantados frente al océano como barrotes de baldosín blanco y negro; como el dominó de un monstruo gigante.

Se diría que al arrecife que discurre paralelo a la costa, y que son ya rocas del mar, se le hubiera querido demostrar que también se puede empedrar el cielo. Y así los edificios se elevan sobre lo que tuvieron que ser dunas con lagunas de agua dulce, sin dejar siquiera el mínimo espacio entre los lujosos portales y una playa que atrae a tantos tiburones, por la pésima gestión de la calidad del agua, que el baño está prohibido cuando sube la marea con los vaivenes de la luna, o cuando tienes en la piel una herida que sangra.

También Brasil, en su desaforado crecimiento, se está, a mi parecer, hiriendo a sí mismo. Cabe esperar que los españoles que vi en el desayuno con gesto serio, como si acabaran de alcanzar este puerto tras un naufragio, no contribuyan a la destrucción de la escasa belleza que nos queda en la Tierra, a esta esclavitud del paisaje.