Las tórtolas

La tierra conservaba por la mañana su olor a noche.

Yo trabajaba por aquel entonces todos los días lo cual me obligaba a salir en coche hacia la ciudad muy temprano. Había una luz que era como el trigo agostado, amarilla y blanquecina, llena de sol cuando el sol aún no había salido. Siempre había dos tórtolas sobre el asfalto, comiendo esas piedrecitas que se desprenden de la carretera según se va deshaciendo por el paso de los tractores, los cuales, a su vez, dejaban la cuneta orlada de hierba recién segada, o de granos de trigo caídos.

Al principio creí que eran esas semillas lo que buscaban las tórtolas pero luego alguien me contó que quieren también la piedra para que, al ingerirla, les ayude a triturar el grano como las piedras de un molino. Era una tontería, pero a mí me hacía gracia ver las tórtolas allí tan temprano, tan perezosas para emprender el vuelo con ese amago que suelen hacer cuando despegan, al trazar una suerte de quiebro como si fueran a salir volando a otra parte, para luego ir justo en dirección contraria. Todo esto con las plumas de la cola muy abiertas, igual que un abanico, enseñando como enaguas los bordes blancos.

No muy lejos, tenían el campo de trigo o de centeno, que venía a ver en persona el panadero. Yo aún lo recuerdo, el panadero mirando la siembra, despreciando el trigal porque lo había tumbado la lluvia de verano y estaba ya para segar y sin embargo no lo quería, o rebajaba el precio, porque estaban ennegrecidas de humedad las espigas. Esto es algo que ya no se ve, como las tórtolas, aunque la ausencia de estas aves que venían todos los años desde África, no la esperaba.

Daba por hecho que el verano era el canto de la tórtola, un zureo repetido como el canto de las codornices, a pleno sol, a pleno día. Pero la verdad es que tampoco hay codornices este año. Es como si al depender de lo que se sembraba, no hubieran siquiera llegado o, al llegar y ver el panorama de montes y de maizales, se hubieran ido.

Puede que algo esté pasando en África que esté influyendo en su migración, pero también empiezo a creer que están desapareciendo estas aves con los vecinos que por aquí, uno a uno, discretamente, se han ido yendo de la tierra como la señora que me vendió tres corderos, dos negros y uno blanco, hace unos años. Hasta hace muy poco la veía pasar con su bastón y la sonrisa en los labios, dando un paseo. Con cada persona que se marcha de este lugar, desaparece una huerta, unos animales, un cultivo, unos pájaros. La cohorte de especies que les siguió durante toda su vida, se va con ellos cuando mueren.

Y así este verano no hay campos de trigo ni de centeno, ni panaderos que vengan a ver los sembrados, ni tórtolas en los caminos, ni vecinos, que en silencio, quisimos.