Las señoras de la costa

Si los cuervos son los dueños del campo, las gaviotas son las señoras de la costa.

Tienen cara de resabiadas, con ese pico amarillo curvado hacia abajo que tiene una mancha roja en el extremo, del mismo tono que el anillo orbicular que rodea y resalta la claridad de sus ojos.

Los pollos, en cambio, aún siendo tan grandes como los padres, tienen los ojos muy negros y se distinguen a distancia de los adultos porque el plumaje está tan barreado de oscuro que se diría que parecen niños vestidos de comunión que se hubieran metido a jugar en un charco.

Se limpian según van pasando los inviernos, y entonces aparece el blanco del cuello, el gris de sus alas, la claridad de los ojos, y esas patas amarillas un poco rosadas que le dan su nombre: gaviota patiamarilla (Larus michahellis lusitanius).

Nunca las había visto tan de cerca como hace unos días en las islas Cíes, lo cual, la verdad, no lo esperaba; más aún teniendo en cuenta que como afirma el experto del Grupo de Ecología de Poblaciones IMEDEA, Alejandro Martínez-Abraín, se ha comprobado que hasta la fecha no se ha encontrado nunca un yacimiento fósil de gaviotas en islas.

¿Por qué hay aquí tantas? No me extrañaría que supieran contar los días de la semana, que distinguieran cuándo es sábado y cuándo domingo durante el verano por la cantidad de barcos que fondean junto a estas islas. Te ven arribar desde el cielo. Y antes de que el ancla toque el agua, ya están posadas en la claridad de los cabos, sobre la cubierta de la popa y de la proa, en los mástiles y junto al trapo de las velas, lo cual conforma una estampa francamente hermosa de cielo, mar, madera, cabos, vela y aves marinas.

Para no despeinarse, y recibir el viento en el pico, se posan las gaviotas mirando a barlovento, por si tuvieran que despegar de pronto, y para que el aire las abrigue, al pasar por sus plumas.

Se quedan esperando a que alguien saque la comida. No tienen prisa. También cuentan las horas. O se saben ya de memoria que cuando el sol está en lo más alto, los hombres y las mujeres y los niños, bajo ese sol, comen. Así que esperan, porque de sus comidas, siempre hay alguien que tira al mar algo.

Ese gesto, que parece una oportunidad para la gaviota, resume un fracaso. Somos ya tantos, que hasta en los lugares más relictos, islas que estuvieron alejadas de todo, en cuyas dunas florecen de blanco las azucenas y de malva los cardos marinos, hay aves que se han vuelto domésticas por culpa de lo que tiramos incluso a la más pura y cristalina de las aguas.

Cuando llega el invierno, se ven las gaviotas por el campo. Dice Alejandro que en Mallorca se comen las aceitunas y siembran después los olivos.

Las gaviotas. Ojalá vuelvan a ser un día lo que siempre fueron: las señoras de la costa.