El silencio de un incendio

Está entrando una niebla marina que es como si el mar hubiera emprendido el vuelo, bajando las temperaturas, lo cual vendrá bien para los incendios.

Por aquí los incendios los anuncia el sonido de un motor por el aire, como este fin de semana, cuando pasó volando un hidroavión muy bajo.

El día anterior, mientras la gente en la ciudad compraba hierba luisa, menta, romero, incluso ramas de olivo con diminutas aceitunas verdes para lavarse de madrugada la cara, vi al regresar, ya por la tarde, a un paisano haciendo fuego, ahora que todas las quemas están prohibidas, precisamente porque era la víspera de San Juan, lo cual le daba la excusa perfecta para quemar unas ramas. Apoyado en el sacho, miraba la hoguera. Aunque ahora me parece que hay más conciencia entre los campesinos, aumentan sin embargo los incendios intencionados por otros motivos: como el intentar hacer de los montes lugares que no tengan valor natural para darle otros usos más rentables.

No todos los montes que se queman suponen una pérdida ecológica del mismo valor, pero suele suceder que junto a los monocultivos forestales quemados, aquellas especies únicas que quizás sobrevivían en las lindes, se ven arrastradas, arrasadas también por el fuego sin un lamento, silenciosamente.

Lo que más me llamó la atención cuando viví en primera persona un incendio, es que, el fuego, no hace ruido; y se puede estar quemando el monte de atrás, y tú no oír nada, si tienes las puertas cerradas.

Recuerdo que estaba haciendo la cena a mis hijos y un filete en la sartén llenó de humo la casa, por lo que al ir hacia las habitaciones y pasar delante de la puerta de la calle, que aquí es el campo, no me extrañó ver al humo entrando, hasta que me detuve a pensar, ¿cómo es posible? ¿Humo que entra de la calle hacia adentro?

Contemplaba sin comprender nada ese humo de la madera que se quema en verde y que era como una cortina blanca que flotaba por debajo de la puerta y se elevaba como el genio de una lámpara hacia el techo, porque el humo tiene vida propia, y sube y busca el aire y el oxígeno de las casas, si le empieza a faltar afuera. Abrí la puerta, y apareció el infierno.

Las lascas que se desprenden del tronco de los eucaliptos, eran pavesas que pasaban volando por encima del tejado como alfombras voladoras quemándose. Prefiero no recordarlo, la sensación de indefensión, de pena, la salida apresurada de la casa, los niños, el perro, la llamada a los vecinos que, como yo, no se habían enterado del fuego que había afuera.

Cuando el incendio es de copas, es de noche y sopla el viento, no hay avión ni helicóptero que puedan hacer nada. Solo rogar al cielo. Pedirle que envíe la lluvia, que calme el viento, que de madrugada baje la temperatura, o que mande al mar a volar por el aire.

Y el cielo, que no está sordo, a veces te escucha.