Las luces de Merille

Las ramas de un castaño que no me dejaban ver las luces de Merille, las podé este fin de semana en verde.

Si los árboles dispusieran de ojos, serían los que mejor vista tendrían, porque son los únicos que pueden contemplar desde arriba, mientras todo pasa, sin moverse del sitio, cómo cambia el paisaje.

Ahora que la vista me ha quedado libre sin estas ramas, lo primero que veo, emergiendo de una tierra seca, es el maizal; después el pasto casi ya agostado; luego el verdor silvestre del helechal, y a continuación ese verde lejano de los eucaliptos, que es oscuro y triste como la sombra que dan. Más allá, ese otro verde nuevo y tierno, inocente, aún pudiendo ser viejísimo, de los robles, y entre ellos el verdor caluroso de algún pinar; y por fin, al fondo, como si fuera un pueblo castellano, mirando a poniente, en un claro del monte, rodeado de huertas y de pastos, Merille.

Fue lo que más me llamó la atención la primera noche que pasé aquí, hace veinte años. Recuerdo mi asombro por ese cúmulo luminoso del otro lado del valle, tan a lo lejos que parecía que, sin movernos del sitio, estábamos aterrizando. Aquéllas ocho, tal vez diez luces en la oscuridad, de las casas de enfrente con cuyos dueños, puede que jamás me haya visto las caras. Pero nos vemos las casas. Y las luces.

Por aquí vivió un escritor que veía desde su pazo también Merille, y así es como firmaba con su pseudónimo, Pedro de Merille, las cosas que en folletín iba escribiendo para un periódico local sobre las costumbres de los paisanos y sus refranes: “Refranero agrícola-meteorológico” (1906).

Imagino a Pedro de Merille, empeñado en recolectar lo que le contaban los campesinos, porque la Naturaleza, a lo mejor sigue sin nosotros, pero se perdería lo que albergaban esas personas de sus experiencias con ella, si nadie las escribiera. Por eso, aunque quizás fuera uno de esos poetas krausistas de los que me contaron que por aquí vivieron, defensores del panenteísmo, se me antoja Pedro de Merille un humanista. ¿Cómo pudo escribir él mismo en su epitafio que fue desventurado teniéndolo todo, aparentemente, y viviendo en un lugar como éste?

Imagino que todavía se ve Merille desde el pazo, aunque está rodeado de unos abetos que crecen tan ordenados que los haces de luz que entran parecen los barrotes oblicuos de una cárcel. Me acerco todo lo que puedo por un camino donde encuentro cerezos silvestres y piedras que han rodado con el agua que, al final, es el elemento de la Naturaleza más fuerte de todos.

Las luces de Merille, anoche me senté a contemplarlas, bajo la parra. Había claridad todavía porque estamos en los días más largos del año, con esos atardeceres inacabables, rojizos por el oeste y de un azul profundo y marino por donde llega la noche, mientras los perros ladran y se encienden como estrellas lejanas, misteriosas, inalcanzables, las luces de Merille.