Las calles de Palermo

En Palermo los peces, la fruta, la gente y las flores, adornan la calle.

Todas las casas y edificios tienen el color de la tierra siciliana, y en general una humildad que consiste en no querer ser más que el paisaje.

Y el paisaje en Palermo es montañoso, lo cual llama la atención, siendo una ciudad portuaria, que esté a la vez tan cerca del mar y de unos montes que parecen precipitarse al agua.

Todo lo demás es como un pueblo grande, que sube y que baja por calles de adoquines de basalto, negros y brillantes. Hay motos y coches y mucha ropa tendida en los balcones que, como en Oporto, no molesta a la vista; al contrario, entretiene. Como pasa con cada persona que te cruzas, o que está en una ventana, casi siempre en movimiento.

En realidad, todo el mundo parece estar haciendo algo, trabajar en la madera, con la carpintería abierta de par en par; o haciendo en un patio fresco, vacío y lleno de eco, un belén siciliano con retales de tapicerías; o esperando a que entre un cliente en una tienda de café donde los dependientes llevan batas color moka; o atender una mujer la funeraria, entre ataúdes, con un niño en brazos.

Hay un comercio que te hace darte cuenta de lo que hemos perdido. Porque es lo más vistoso de esta ciudad, junto al arte que hay por todas partes, en cada iglesia, en cada plaza, en cada lugar del cielo donde hay cúpulas rematadas en una copa de bronce, o esas cúpulas rojas que hablan de África en Sicilia, como los chicos que juegan en las plazas, de piel muy oscura.

Es toda esa vida de la calle, las pescaderías iluminadas para que los peces brillen como si aún estuvieran bajo el agua, atunes grandes como toros de lidia, y peces espada, cortados por la cabeza, apuntando al toldo bajo el que te ofrecen un langostino fresco y crudo, casi vivo, para que lo pruebes. Luego sube la calle muy estrecha llena de puestos de tomates, de quesos, de pastas y de condimentos donde venden en grandes cestos, recién recolectados de lo alto de las plantas mediterráneas, caracoles que quizás habían empezado a estivar huyendo del calor de la tierra.

Estaba nublado, pero siempre hace calor en Palermo, donde hay pájaros de hierro en las vallas de forja de los jardines, y árboles podados con rectitud, Ficus benjamina cuyas copas quedan al cubo, para que no quiten a los balcones la vista de la calle.

Luego en el hotel, una preciosa villa modernista frente al mar, te encuentras el silencio y a Franca Florio, la antigua señora de la casa, retratada por Boldini con su larguísimo cuello y la piel tan blanca como las perlas de su collar, que casi le llega al suelo.

Pero la verdad de Palermo está en las calles, donde tienen su riqueza en la comida, la alegría, la cultura, el café, el vino y las flores.