El acantilado blanco

Sicilia parece un trozo que España hubiera perdido.

Vas recorriéndolo y ya sea por los cultivos, o por el aire que respiras, te recuerda cada punto cardinal a una zona española: al Este lleno de naranjos y de almendros, chumberas en el Sur, viñedos en los valles del centro, y en los montes robles y acacias florecidas.

Cabría esperar que también las playas se parecieran, pero hay una en Sicilia que no se parece, al menos de las que yo conozco, a ninguna otra, no ya de España, sino de cualquier otro lugar del mundo.

Como además, el día en que llegamos a Agrigento, llovía, no había nadie en la escalera de los turcos, la “Scala dei turchi”, que es así como se llama a esta suerte de milagro en la costa, de regalo que el mar hizo a la tierra.

Porque no acabas de creértelo cuando te acercas, por una playa como otra cualquiera, y de pronto, estás en Marte, ya que es un paisaje como de ciencia ficción lo que tienes delante de los ojos. Ninguno de los templos del valle de Agrigento, te dejan más asombrado que esta escala, escalera blanca, precipicio hacia el cielo.

Todos decían que eran rocas calizas, pero para mí tenía algo más, sílice, diatomeas, una conclusión que era fruto de la intuición pues jamás había visto una roca como ésta, blanquísima, suave, porosa y con destellos verdeazulados, haciendo un acantilado como a mareas, de tal forma que los escalones discurrían paralelos a la costa, y con una dulzura que solo podía haber sido hecha por el agua y no por el viento, que es más arisco cuando esculpe la piedra.

Como esos escalones de mármol que la gente de tanto pisar desgasta, así, con esa suavidad ondulada, subías por una cuesta que desembocaba en un gran acantilado y abajo un mar turquesa y transparente, puro como si nadie se hubiera bañado nunca en él.

A pesar del vértigo, no pude resistir la tentación de seguir el camino de las ondas, y luego bajar, pegada a la roca, como un alpinista que desciende, para bañarme en esa agua que me pareció la de mi infancia.

Los pies, se diría que pisaban copas de árboles, en vez de rocas sumergidas, cubiertas por toda suerte de algas suaves como esponjas, algunas muy conocidas como los abanicos de Padina pavonia con otras especies rosas, verdes, pardas… y donde no había roca, praderas de Posidonia, y luego esos claros turquesas del agua sobre la blanquísima arena, y la dulzura y la sal de un mar que, ya era imposible no pensarlo, estaba lleno de diatomeas, esas algas unicelulares cuyo esqueleto externo, mirado al microscopio, es una caja que fosiliza muy bien porque está hecha de sílice, con unos relieves geométricos que recuerdan a los adornos de las columnas y los suelos de la catedral siciliana de Monreale.

No imagino volver a Sicilia sin pasar de nuevo por la escalera de los turcos, escala, acantilado, precipicio blanco, que te lleva al final y al principio.