Ortigia

Ortigia es una pequeña isla donde el atardecer no se ve: se toca con los ojos.

Hay una calma que no es real y que cae con la luz sobre las casas, que son del color de la piedra y de la tierra en Sicilia, como de barro muy claro, porque todo amago de oscuridad se lo llevó la luz del sol con el paso de los siglos.

Es sobre esta gran roca que es Ortigia sobre la que se fundó la ciudad de Siracusa, en Sicilia, donde nada extraña que griegos, fenicios, romanos, españoles de Aragón, ansiaran todos vivir en esta fortaleza llamada, originalmente, roca de las gaviotas.

Pero no son las gaviotas lo que más llama la atención de Ortigia, sino los vencejos al atardecer en enjambre, volando tan bajos sobre el mar que en vez de insectos se diría que quieren peces, mientras dibujan en el aire círculos como los que estaba pintando Arquímedes en uno de sus problemas cuando un soldado romano le quitó, aquí, donde nació, la vida. Antes dicen que dijo: “Dejad tranquilos a mis círculos”.

Según pude observar, anidan estos vencejos en los agujeros de los muros de Ortigia que dan al mar, como si también estos pájaros que debieron de instalarse aquí tras las construcción de los muros pues son aves que al no saber emprender el vuelo desde el suelo buscan para vivir lo más parecido a un acantilado, quisieran defender como algo suyo Siracusa, al igual que hiciera Arquímedes con toda suerte de artilugios; y aunque digan que tal vez no sea verdad, a mi me encanta pensar que sí, que orientando espejos hacia el sol, quemaba de lejos Arquímedes las velas de los barcos que asediaban la ciudad.

Hubiera querido comprar un libro que me contara su vida. Leer algo, aunque fuera en italiano, de “Sobre los cuerpos flotantes”. O saber dónde vivió exactamente, qué pensaba del atardecer en Ortigia. Iba yo de una librería a otra y en todas partes me corregían pues no se dice Arquímedes, sino Archimede, sin acento. Al final, una librería estaba cerrada, la otra tenía una presentación de un escritor con cuatro amigos, y en la última que me quedaba, no tenían nada del sabio que había defendido la ciudad donde viven. Resignada, me senté en el bordillo de piedra de la fuente de una plaza durante un buen rato, y ahora que regreso me doy cuenta de que estaba sentada sobre la fuente de la plaza de Archimede, en Ortigia.

“Dadme un punto de apoyo y moveré la Tierra”… “Dejad tranquilos a mis círculos”… a los vencejos que pasan volando como pensamientos sobre las cabezas de los que hacen fotos al sol, toman un helado en bicicleta, o pescan en el muelle tan quietos que el sedal se confunde con su figura, oscura y negra, contra el anaranjado sol del atardecer cayendo sobre el mar mientras un barco abre una tímida estela.