La declaración

Por primera vez en mi vida tuve que ir a declarar al cuartelillo de la Guardia Civil.

Me lo notificaron por la mañana, lo suficientemente temprano como para que yo estuviera todavía en bata. Una bata muy artística, todo hay que decirlo, porque tiene una batista blanca muy fina pintada con flores de un rosa muy claro, con cuello esmoquin y larga hasta el suelo y con un lazo de terciopelo fucsia sobre un corte talle imperio del que nace tanto vuelo que se mueve a partir de ahí la bata con el viento como si fuera un vestido de Jane Austen en una escena en lo alto de la colina; pero en fin, que todavía estaba yo en bata cuando vinieron.

Ellos aparecieron impecables, y tan caballerosos como siempre, y entonces me notificaron que tenía que ir al cuartel. El asunto, no era de personas, sino de animales, pero aún así me puse nerviosa. “¿Puedo ir por la tarde?”, pregunté. “Si claro, no se preocupe, cuando usted pueda.”

Para ordenar las ideas, decidí escribir lo que iba a decir. Me encerré en mi habitación y entonces me di cuenta mientras escribía que nada ocurre aisladamente sino que lo que al final pasa, suele ser una concatenación de sucedidos.

Quiero decir que puede que el orden en el que suceden las cosas, sea lo más importante de la vida, porque los mismos hechos de una tarde, cambiados de orden, hubieran modificado completamente el resultado: si yo hubiera llegado antes a casa, si no hubiera hecho sol ese día, si no hubiera estado en el mar, si hubiera escuchado a los animales pelearse entre ellos. Todo era un condicional, así que al escribir plenamente consciente de la importancia de los detalles, lo conté todo.

Me salieron de las manos tres folios. Después me arreglé y bajé al cuartelillo con cierto nerviosismo pero tranquila por llevarlo todo escrito. Hacía buen día y el cuartel tenía ese frescor donde las voces se adornan con su propio eco por la simplicidad del decorado. No sé por qué esperaba yo una máquina de escribir Lexicon de teclas ruidosas pero tenían un ordenador. En él buscaron la denuncia entre otras bastante más desagradables, hasta que apareció escrita en un cuaderno y entre varias llamadas para efectuar otras diligencias de mayor enjundia, empecé mi declaración. En cuanto describí la escena, la autoridad alzó los ojos y contó mentalmente mis folios, “¿Le importa si los adjunto a la denuncia y usted los firma?”

La verdad, me chafó. Aseguraba Thomas Mann que “sólo es verdaderamente ameno lo que ha sido narrado con absoluta meticulosidad”, pero se le olvidó añadir que para eso hace falta tiempo.

Puede que este tiempo resulte mortalmente aburrido porque no haya tiempo para detenerse en los detalles, como los que salían en mi declaración, la madreselva florecida, el señor que pasa, el calor que hacía fuera y el frío de dentro de la casa, todo lo que escribí y que se archivó porque no hay tiempo para narrar los pormenores, que son lo mejor de la vida, y quién sabe si los que determinan el discurrir de nuestra existencia.