Descubrir nidos

LUGAR DE LA VIDA

No hay cosa que me guste más que ir descubriendo nidos en todo lo que planté precisamente para eso: para que diera pájaros.

En general, todo el mundo imagina los nidos en las copas de los árboles, pero al menos una buena parte de los nidos que yo encuentro, no están muy altos, a veces incluso en el suelo, entre la hierba, o en una maceta a la que vas a echar el agua y de la que, de pronto, sale una lavandera, lo cual delata que allí, hay un nido en la tierra.

No sé por qué me late el corazón con esta maniobra absurda y más propia de un niño que es descubrir nidos. Es un defecto como otro cualquiera, contra el que procuro luchar en esta época del año. Miro hacia la viga de la cuadra, y allí están los nidos deslavazados que hacen los gorriones comunes con paja seca, como si la hubieran acumulado de cualquier manera sin ganas de trabajar mucho, y resisto la tentación de subir a verlos con la escalera, pero cada vez que paso, me quedo oyendo atentamente por si saliera ese bisbiseo que se oye incluso cuando todavía están dentro del huevo y se ponen los pollos de acuerdo para romper el cascarón al mismo tiempo con el “diente del huevo”, esa suerte de diminuta espina de rosal que llevan sobre el pico para quebrar la cáscara, y que después pierden.

Es esta pasión por los nidos algo tan absurdo como dejar las ortigas crecer para que vengan las mariposas pavo real a volar por aquí, como así suele ser, porque estas cosas funcionan, es decir: tú no tienes más que poner lo que les hace falta, y esperar. La espera es fundamental. Y es curioso que yo sea capaz de esperar veinte años a que vengan a anidar los pájaros carpinteros en los robles que planté, y ahora que los oigo al fin reírse allí abajo, porque el relincho de un pájaro carpintero es como una risa en los días soleados, un alegrarse de estar vivo; tengo casi que jurarme que de ninguna manera bajaré a ver su nido.

Por eso los nidales que me han regalado, los tengo en mi despacho todavía, cinco nidales cuyo olor a aceite de linaza vuela ya por toda la habitación. Son de una madera tosca, quizás de pino, áspera y recia pero tan bien hechos que si yo fuera pájaro querría anidar también dentro. Como si fuera el ojo de buey de una casa, tienen el orificio de entrada muy alto, casi pegado al tejado, para que a los pollos no les de la luz del sol directamente.

Una entrada pequeña por la que solo caben las especies de aves insectívoras que, como si fueran las manos de los árboles, libran a las encinas y los alcornoques de las plagas, como ha descubierto Francisco Volante en su dehesa onubense. La efectividad se basa en que cada pollo necesita al menos 1500 “gusanillos” para salir adelante. De ahí que los diez mil pollos de seis especies distintas que espera este año, le den la vida a su dehesa. “Yo les ayudo, y ellos me ayudan”, me ha dicho Francisco de los pájaros.

Esta tarde voy a colocar los nidales. Pero hay un problema: el tejado se abre.

¿Seré yo capaz de no abrirlos para mirar por arriba los pollos cuando nazcan?