San Felipe

San Felipe es el pueblo que veía Tejero desde la prisión militar en el castillo de La Palma. Todos los días.

Los ojos, esos prisioneros, se escapan de esta manera, mirando lo que les rodea, y aunque prefieren el firmamento y el horizonte marino porque así llegan más lejos, también les entretiene muchísimo esos pequeños detalles donde se detiene el infinito: una barca en la orilla, un señor pescando, una galería cuyos cristales parecen espejos devolviendo su luz al sol.

Es este un lugar antiguo, lleno de piedras cubiertas de una humedad profunda, triste y grisácea, tanto la prisión militar de La Palma, como el castillo de San Felipe, justo enfrente el uno del otro, a uno y otro lado de la ría de Ferrol. Se podría decir que están unidos por el agua que les separa, y solo dejan de verse entre ellos durante unos minutos cada vez que pasa un buque de grandes dimensiones.

El agua aquí no es del todo azul, sino de un verde muy claro, ese color que da la sal y la dulzura cuando se han mezclado en el agua durante siglos. Es un color que alegra la tristeza de la piedra, como el verde tierno de la vegetación que parece ahora recién nacida, el saúco florecido de blanco sobre un balcón, y el tilo centenario cayendo por el monte, alegre como los arroyos que en san Felipe bajan entre los helechos reales y las piedras. No tiene casas grandes este pueblo, al contrario, todo en San Felipe es pequeño, la puerta, la galería, la cancela que da a la huerta donde la mitad es jardín y la otra mitad gallinero. La tierra, aún inclinada hacia la playa y en pequeñas parcelas, da todo lo que puede, que es mucho: guisantes, coles, patatas, judías verdes, entre las campanas gigantes y amarillas, como vestidos de muñeca, de las daturas florecidas.

Hay un matrimonio que pasa la tarde a la sombra de las acacias también en flor, justo en la rampa marinera del castillo de San Felipe, sentados en unas sillas, con bolsas colgadas en los reposabrazos que llevan de todo: el ganchillo, los aparejos, el termo con la comida, y una suerte de peine metálico para descamar a los sargos y las doradas que pescan.

Me contó este matrimonio que en el mes de junio se acercan las ballestas, unos peces que tienen una suerte de cresta en el lomo y que cuando uno pica, no se sabe por qué, van dos o tres ballestas más acompañándole y se quedan en la orilla, presos del agua, mirando a su congénere pasar a la otra vida, que para un pez está hecha de aire.

Si hubiera alguien en la prisión de La Palma, vería tras las rejas cómo los pescan.

Todo en San Felipe te hace amar la libertad, la belleza y la vida.