El bosque

El bosque es eso que se ve allí, inocente, como una bruma rosada en el acantilado.

Es el último rodal de hayas en la montaña, el tombo donde en primavera canta una seguidilla el urogallo.

El bosque es el lugar donde todo se oye como en las catedrales, y hasta una hoja cruje al caer y chocar contra las ramas de su propio árbol.

No es bosque lo que es plantación, árboles nacidos para ser talados, apilados al borde de los caminos, troncos como ataúdes, esperando a que venga el camión a por ellos, cortados y medidos por la misma vara, desprendiendo mejor olor que cuando estaban vivos. No es bosque el pinar donde cantan las chicharras, ni es bosque la cárcel de eucaliptos. El bosque es otra cosa. No sirve para nada pero lo es todo. Es un caótico desorden que habla del orden que tenían las especies cuando evolucionaban libremente. Solo es bosque lo que siembra el pájaro, el azar y el tiempo. Por eso el bosque es misterioso, y la plantación descorazonadora, porque el bosque tiene alma, y la plantación metros cúbicos de madera. Conviene recordarlo en el Año Internacional de los Bosques, no vayamos a llamar bosque a lo que no es más que una suma de árboles.

El hombre se hizo enemigo del bosque, le declaró la guerra, cuando empezó a comer de los cultivos. De ahí que sea bosque lo que queda en las vaguadas, donde a lo mejor hay acebuches y peonías y parras labruscas, y otros refugiados del arado de la tierra.

El bosque es ese lugar donde te tumbas bajo una sombra acribillada por el sol, y piensas que el Universo es un bosque agujereado por las luces de las estrellas.

El bosque es eso que nos queda en la imaginación que era el bosque de la infancia.

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