Buscadores tras las mareas

Lo que deja el mar cuando se marcha, lo aprecian solo unos pocos.

Con la última luna llena, que fue tan grande que al salir hasta el horizonte parecía pequeño, el mar se fue más lejos que otras veces.

La orilla estaba como temblando de frío, quitada de pronto la sábana del agua, llena de rastros de arenícolas, esa suerte de gusanos marinos que viven en unas galerías con forma de “U” y que utilizan muchos marineros como cebo vivo. No puedo aquí más que hacer un inciso porque me acuerdo ahora de una señora que en verano se dedica, en una playa asturiana, a recolectar estos cebos para venderlos, en botellas con agua marina, a los aficionados a la pesca deportiva. Creo que en este caso lo que vendía era la nereida rosa, otra suerte de gusano marino que, dentro de la botella, no para de hacer eses, como si fuera una bailarina que hubiera bebido demasiado vino. La mujer suele ir en moto desde su casa. Sube y baja con la marea, y los que duermen en sus vacaciones saben, por el ruido de la moto al despertarles, que la marea está bajando. Esto venía sucediendo cada día hasta que un inglés que pasaba allí el verano le protestó, por no llevar silenciador en la moto. Y entonces la señora dijo: “No había mundo y ha tenido que venir aquí el inglés a fastidiarme”.

Por lo que yo pude detectar por su mirada de lejos, eso mismo debió de pensar el otro día el buscador de metales en la playa: “No había mundo, y ha tenido que venir ésta aquí a fastidiarme”. La verdad, es que yo me quedé observándole, pues jamás había visto en la playa a uno de estos buscadores de oro profesionales, que más bien dicen que buscan monedas, pero que luego encuentran de todo: pulseras, relojes, pendientes, collares, que las corrientes, seguramente, concentran en mitad de la playa, pues era justo en el centro, donde el buscador de metales, con su detector y un rastrillo a la espalda, fue peinando la arena aún mojada, recién descubierta por la luna.

Yo en realidad, tampoco se puede decir que estuviera haciendo algo corriente, pues lo que yo buscaba eran puestas de sepia, que parecen racimos de uvas negras y que llegan arrastradas por la marea viva, ya sea enganchadas a un trozo roto de red, o a un alga; y también puestas de huevos de raya, a los que llaman monederos de sirena, quizás porque son negros como el ala de un escarabajo y tienen la forma y el tamaño de un monedero de señora de los de antes, para hacer la compra; solo que aquí, no hay dinero, sino el embrión de la raya, o tal vez nada, pero al menos casi siempre tienen el adorno de unos zarcillos en las esquinas con los que, como la vid en el alambre, se agarran a las algas.

El mar, es un ladrón de guante blanco, que lo mismo se lleva monedas, que collares, gusanos y huevos rarísimos que después, como si se arrepintiera, o la luna llena se lo exigiera igual que una madre reprendedora desde lo alto, devuelve por unos días, y nos hace felices a los cuatro locos que andamos, cuando baja la marea, buscando por la playa.

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