El maremoto

Como si con las tres cuartas partes no tuviera suficiente, se diría que la Tierra quiere ser toda agua.

Pocas expresiones a mi parecer menos acertadas que la de “tierra firme”, porque no solo flotamos sobre las placas que jamás se estarán quietas, sino que el núcleo está fundido, mientras a la vez damos vueltas en un planeta que navega por el espacio a veintinueve kilómetros por segundo.

Estamos siempre a flote. Y esa sensación de mareo, es la que describen todos los que han vivido un terremoto de esa magnitud, como si estuvieran por unos segundos a bordo de un buque con fuerte marejada, la tierra en movimiento como el agua.

Y luego llega el mar, haciendo olas que se crecen y recrecen al tocar la costa, y después ese remolino, dando vueltas en espiral como una galaxia, como un sumidero por el que quisiera engullir los barcos hasta el centro de la Tierra. Se echa en falta el ruido en las imágenes que hemos visto. Tuvo que ser tremendo el sonido de la tierra abriéndose porque siendo mucho menor, recuerdo perfectamente el ruido, como de tren que se fuera a estampar contra la casa, de un terremoto que viví hace ya algunos años, ese ruido de la tierra por dentro, que tanto me recordó al tronar del cielo.

Todo está en movimiento, y esto, que deberíamos tener ya tan aprendido, no nos entra en la cabeza. Pero lo que más asombra de nuestra condición humana, es que los pueblos y las ciudades, que se fundaron justo ahí porque alguien tomó esa decisión un día, se vuelvan a levantar una vez y otra sobre los mismos lugares donde la tierra tembló, ya sea en California, en México o en Japón, y de nuevo en ocasiones en la mismísima orilla, ganando, dicen, terreno al mar, para que luego el mar vuelva, dejando claro, otra vez, quién es el dueño del mundo.

Este terremoto y el posterior tsunami, se ha llevado por delante no ya las personas y las casas y los coches y los aeropuertos y la seguridad de las centrales nucleares, sino una manera de entender la vida. No bastará ya mejorar la arquitectura, ni los protocolos de actuación. Hay que cambiar los emplazamientos, alejando los pueblos de las orillas y en cuanto a la energía, tenemos demasiadas respuestas para una misma pregunta, luego ninguna de ellas es la buena.

La solución tiene que estar en el mar, allí donde empieza y termina todo. Quizás, tal vez, en esas microalgas marinas a las que les debemos la vida y el aire que respiramos, y aún así consideramos como primitivas pero que, con tan solo la luz del sol, llevan obteniendo energía por fotosíntesis, a bordo de la Tierra, millones de años.

El tiempo, que es el mayor de los maremotos, dirá en qué nos equivocamos.

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