“Fui perfecta”

Así acaba “Cisne negro”, maravillosamente interpretado por Natalie Portman, flamante Oscar a la mejor actriz, como el flamear de las alas de un flamenco.

Fui perfecta, “I was perfect”, dice la protagonista en un final que es el de la belleza, y el de la vida de tantas mujeres. Fui perfecta. O al menos, lo intenté.

Habría que analizar algún día este asunto de la búsqueda continuada hasta el final de las fuerzas de la belleza que tiene, como si residiera en el doble cromosoma X, la mujer en sus genes. Porque más que perseguirla, se diría que quiere reconstruirla dentro de sí, reproducirla, ser el espejo de la perfección, de la belleza imposible de alcanzar jamás. No se conforma. Todo le parece poco. No quiere parecer una flor, sino ser flor, vuelo de pájaro, ola en el mar, brillo del sol, de la luna en la noche, siempre sin marchitarse. Y en esto, gasta y se desgasta. Pierde la bolsa y la vida queriendo ser siempre hermosa.

Hay un soneto de Quevedo que tiene un título larguísimo: “Con ejemplos muestra flora la brevedad de la hermosura, para no malograrla” y que termina: “Tu edad se pasará mientras lo dudas, /de ayer te habrás de arrepentir mañana, / y tarde, y con dolor, serás discreta.”

Mi abuela Mary solía decir que en toda familia, hay siempre una belleza. Tendría que haber dicho: una esclava de la belleza, porque la que nace bella, que en principio se diría que nace con ventaja, vivirá el resto de su vida bajo la tiranía de su don. Mi propia abuela, fue esclava de un piropo que un teniente de Ceuta le dijo un día: que si sentía marcharse a otro destino, era por dejar de ver su pelo, su melena castaña, que mi abuela llevaba suelta y larga hasta la cintura. Y así, aunque recogida en un elaboradísimo moño, la llevó hasta casi cumplir cien años. Dedicaba tres horas a peinarse cada día. Y es también así como yo recuerdo a mi abuela, con el larguísimo pelo bocabajo y su cepillo de plata sobre su cabello blanco como las alas de un cisne.

La hermosura, requiere dedicación. Nada hay más implacable que la belleza. Es, con toda probabilidad, el principal lastre para alguien que quiera hacer algo en la vida. La belleza, si se utiliza como trampolín, será también la tumba. Porque se marcha y se marchita, y lo que deja es una sensación de haber perdido el tiempo. Igual que en los bosques de bambúes, la flor no es el fin: es el final.

No era la perfección, sino la trascendencia, como se dice en “Cisne negro”, lo que había que buscar, olvidarse de ser perfecta, hacer como que no se hace y así lograr esa belleza de la espontaneidad que aparece en el destello de un brillo que el sol no había buscado.