¿Quién es Ramón Margalef?

Al premio Príncipe de Asturias, siempre le faltará el nombre de Ramón Margalef.

¿A cuántos les suena este nombre español reconocido mundialmente?

Es como si la estrategia de supervivencia por la que los más despreciables organismos se hacen con el espacio a toda velocidad, arrinconando a las más evolucionadas especies, se diera también entre nosotros.

Pero el profesor Margalef, tenía mucho humor con los necios:

“Los popularizadores tremendistas amenazan a la humanidad con los más graves castigos, haga o no haga cualquier cosa, y su emotividad resulta infecciosa en un medio social poco favorable al pensamiento libre. La ecología, en realidad, no tiene tantas pretensiones. Trata de comprender cómo los organismos, que otras ramas de la biología estudian uno por uno, se insieren en el mundo real.”

Margalef era de una sencillez y una complejidad al mismo tiempo que asombraba. Se parecía en realidad a la Naturaleza, que solía escribir con mayúscula, al igual que otras dos palabras: Humanidad y Ecología. No entendía la una sin la otra:

“Actualmente, la especie humana es tan numerosa y posee tal capacidad de control que, si se prescindiese de ella, no es posible entender el funcionamiento presente de la mayor parte de los ecosistemas.”

En su tratado de “Ecología”, que debe pesar unos dos kilos, tengo algunas de sus frases subrayadas, como cuando habla de la contaminación como un desorden: “La polución es la ausencia de retorno, la obstrucción del ciclo natural”, o cuando da valor al bosque: “La acción del hombre es menor cuando se conserva una vegetación de estructura arbórea.”

Para mí, más que un ecólogo, fue un humanista, porque aunque su obra sea científica, se respira en ella una honda preocupación por nuestro destino:

“Las poblaciones humanas se unifican y gravitan en bloque sobre regiones cada vez más extensas. Hoy día la Humanidad entera tiende a actuar como un solo sistema, en términos ecológicos, explotando al conjunto de la biosfera como una unidad. La dispersión de los residuos de la civilización humana es también universal. Esta situación ha hecho a la Humanidad más solidaria en su destino.”

Pero de todas las frases de Margalef a las que pasé por debajo la línea de un lápiz, quizás la que más me gusta es una en la que se ríe un poco del exceso de ciencia, como para volver a la sencillez de las cosas, que es donde probablemente, sospecho que sospechaba, residían las verdades más complejas:

“Es vana la pretensión de encerrar toda la Naturaleza en los sistemas de ecuaciones diferenciales tan caras a los ecólogos y, a fin de cuentas, puede ser más efectivo sentarse a ver discurrir las aguas de un río y a escuchar el susurro de las hojas de los árboles”.

Está prevista, mientras escribo este artículo, la botadura de un buque oceanográfico con su nombre. El “Ramón Margalef”.

El mar, cuando lo vea navegar sobre sus aguas, dirá: “Yo sé quién es.”