Correcciones y erratas

El viento no deja de soplar para recordarme que me equivoqué hace unos días al titular una pieza muy breve.

Estuve yo dándole vueltas pero finalmente puse un título científico de los que echa para atrás, un palabro de esos a los que, de vez en cuando, me gusta quitarle el olor a formol de los libros de ciencia, y llevarlo a la calle, para que se deslumbre con la luz de la plaza pública.

Al verlo sobre el papel al día siguiente, ay, me pareció que no quedaba muy bien, pero bueno, ya estaba ahí, “Anemocoria”, que era el término que había utilizado para hablar de este viento que todo lo manosea y, a ciegas, poliniza las flores de los avellanos.

A los pocos días llegó la carta de un botánico al que, además, aprecio. Según la leía, me di cuenta del peligro de usar palabras tan científicas. Al margen de que puedan resultar pedantes, tal y como me advirtió mi hermano, son términos que, por su precisión, no admiten el error.

Son estas palabras como institutrices perfectamente arregladas, sabihondas, estrictas, disciplinadas y rectas, hasta tal punto que un milímetro por fuera de su significado, es más que un error: una falta garrafal. ¡Cuánto más comprensivas con nuestros errores son las palabras sencillas! Las de todos los días, que lo mismo valen para un roto que para un descosido, que incluso aunque no estén bien empleadas, a nadie les rechina, porque ellas mismas son dulces, generosas y agradecidas, de una bondad tan infinita que todo te lo perdonan, y todo te lo admiten.

Pero, ay, los palabros, qué crueles pueden llegar a ser si te equivocas con ellos. Y así, cuando con toda humildad, un botánico me advierte que no era “Anemocoria” sino “Anemogamia” de lo que yo estaba escribiendo, todo el peso de la ciencia y de los años que estudié, me dan un gran coscorrón en la cabeza.

Para colmo no deja de soplar el viento en esta tarde de febrero, el mismo que lleva el polen (anemogamia), y dispersa las semillas (anemocoria).

Según Isak Dinesen “todas las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas”.

Y así yo escribo esto para soportar y no olvidar el error cometido.

Lo único que me consuela es que en el Dicccionario de Botánica, viene un apartado donde dice: “Correcciones y Erratas”. Y allí aparecen: ecuatorial, etólido, gonóforo, mastodiáceas y telofásico.

Puede que estas palabras se hicieran para vivir a resguardo en la calidez de las hojas de misal de los libros de ciencia.

Como las mariposas que, dormidas, hibernan en las cuevas.