El Lubrigante

Como el domingo fue el cumpleaños de mi suegro, compré el sábado un lubrigante.

Tenía ante mi dos opciones: o cocerlo el sábado y guardarlo en la nevera con un trapo húmedo para que no se secara; o mantenerlo vivo hasta el domingo por la mañana. El lubrigante era grande. No pesaba más de un kilo, pero al ser una hembra venía cargada de huevas negras en el abdomen, lo cual le daba un aspecto más abultado, y delataba su edad: al menos seis años. Las pinzas, distintas la derecha de la izquierda, eran enormes y venían amarradas con varias vueltas de goma como las coletas de una trenza, porque una pinza de lubrigante, te puede partir en dos un dedo.

¿Qué hacer? Mis hijos, desde luego, lo tenían claro: había que matarlo cuanto antes, para que no sufriera, o ponerlo en agua, decían. Mis dudas, eran solo culinarias. Cuando tengo a mi alcance la excusa perfecta para hacer el dispendio de comprar un artrópodo decápodo, lo único que me preocupa es que resulte bueno. Y en este caso tenía muy decidido cómo iba a prepararlo y que es una de las maneras en la que, con un solo lubrigante, pueden comer al menos diez personas: con tomate y cebolla muy picada, y mahonesa casera con aceite de 0,4 grados, el zumo de tres limones, una pizca de sal y un chorrito de vinagre. Luego, una vez cocido el lubrigante unos veinte minutos con sal y laurel, se pela, y se reservan todas las huevas, que al cocerlas se vuelven anaranjadas mientras el caparazón del lubrigante, que en principio era azul , se torna muy rojo, como la piel que rodea la carne. Después, partido en medallones, y vaciado hasta el interior de las pinzas, se mezcla con la mahonesa y el tomate y la cebolla y las huevas, una vez que el lubrigante se ha enfriado.

Hay quien lo cuece en agua caliente, y otros en agua fría, pero sin duda es mejor cocerlo en el mismo día, y que el lubrigante pase su última noche en el fregadero. Podría vivir allí semanas. Como te olvidas de él, te pegas un susto cada vez que entras en la cocina, pero a la vez te alegra la vida, saber que mañana habrá salpicón de lubrigante. Mis hijos me pusieron a caldo por ser tan fría con un animal que ni siquiera sabían nombrar, pues lo llamaban langosta, y menos mal que no era una langosta, ya que las langostas hacen un ruido chirriante con las antenas, lo cual hubiera aumentado sus quejas.

Para mí, lo más cruel es que alguien tire la comida, el pan que ha sobrado y no se le de a los pájaros. Fuera de eso, si es para alimentarse, está bien hecho, porque la vida del lubrigante seguirá en la nuestra.

Tras la comida con mi suegro, todos rebañaron, y de noche, mis hijos preguntaron: “Pero ¿no ha quedado lubrigante?

Y allí les dejé en la cocina, viendo a ver qué podían sacar de las últimas patas.