Fin de año en Santo Domingo

Llegué de noche y las casas de las afueras de la ciudad de Santo Domingo, oscuras, estaban iluminadas por la Navidad.

Me hace gracia que las casas se adornen con las mismas luces de colores cayendo, como queriendo ser la lluvia, de los tejados y las terrazas, igual que al otro lado del océano; y que, teniendo aquí tantos árboles propios y palmeras, sean las ramas del abeto o los símbolos de la nieve, que por esta isla no se vieron jamás, los que representen también aquí la Navidad como en cualquier lugar de la Tierra donde hoy se celebre.

Exceptuando estos adornos, me sorprendió al día siguiente lo poco que ha cambiado la ciudad, para todo lo que se ha desarrollado en la República Dominicana el turismo. Estuve aquí, en la ciudad de Santo Domingo, hace más de veinte años, y dejando al margen el centro histórico, mucho más cuidado, las calles siguen igual, en un caos alegre y colorido, lleno el azul del cielo de cientos de cables eléctricos negros, vacíos sin embargo de pájaros.

En el último día del año, me llamó la atención no ver aves, y si hormigas y abejas y avispas, y las aceras negras de la ciudad agujereadas y llenas de vasos de plástico rotos, como si hubieran celebrado un día antes la Nochevieja. Entre tanto calor y suciedad, resultaba imposible no pensar en el cólera. Ya se han dado los primeros casos en la República Dominicana, a pesar de los esfuerzos que están llevando a cabo los voluntarios, con el agradecimiento de su presidente, Leonel Fernández, para que el cólera, ese horrible fantasma, no atraviese la frontera con Haití.

Salgo a la calle de las Damas, y me sucede como en todos los países donde estuvieron antes los españoles, me resulta familiar esa manera de vivir, los patios, los arcos de ladrillo, las piedras hechas de corales, la hermosa arquitectura española en América, como si yo tuviera algo de esas damas, de esas mujeres españolas que cultivaban la primera rosa, o que llevaban el trigo en una maceta para cambiar el Nuevo Mundo.

Después subes al mercado y huele a café recién molido, y a fruta recién mondada, y a vainilla y a hierbas que venden en las tiendas de botánica; olores que desaparecen como si hubieran sido borrados, cuando subes a la planta de arriba, donde está la carnicería y el olor de la carne es tan ancestral como la madera sobre la que se parte.

Afortunadamente, ya no venden en este mercado el carey de las tortugas, pero siguen pintando los cuadros llenos de colores que luego aquí, no sabes donde colgarlos porque nada tienen que ver con este lado descolorido de mundo.

Me vine sin pinturas y sin ron y sin café en la maleta, pero si con la preocupación callada, por un país y por una ciudad que esperaba que hubiera avanzado más y mejor, mientras yo envejecía.