La proeza del canal de Panamá

Aunque la República de Panamá es un istmo, tienes la sensación de estar en una isla, en una tierra que soltó amarras.

Porque Panamá está partida en mil pedazos por el agua, y luego por la mano de la humanidad en una de las proezas más asombrosas que yo haya visto: el canal de Panamá.

Ya desde el aire, antes de aterrizar hace unos días al anochecer en esa ciudad de los rascacielos que es Panamá City, se divisaba el cúmulo, como de estrellas en el cielo, de luces en el agua, que son los buques en la oscuridad del océano esperando su turno, hasta 24 horas, alrededor de la isla de Taboga, para cruzar el canal.

Si se hubiera venido a construir este canal en otro lugar, se podría hablar de destrozo de la Naturaleza, pero aquí, los que dan una pena inmensa, son cada uno de los miles de antillanos, jamaicanos, españoles, italianos, franceses, americanos, que vinieron a cavar la tierra, a poner dinamita, a mover montañas de selva, para hacer que uno y otro océano se juntaran. No fue posible. Todo el canal es agua dulce, y ése es el triunfo de los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico juntos, unidos por el canal, pero no revueltas sus aguas.

Los primeros en intentarlo fueron los franceses, y tuvieron que abandonar, de tantas cruces como dejaron en la tierra, por la malaria y la fiebre amarilla. Ya solo con estar en la selva lluviosa panameña, se empieza a perder la vida. El aliento de la vegetación te asfixia, con tanto calor y humedad; y yo añadiría que todo te observa como un posible recurso. La soledad, sería quizás la muerte en un solo día.

No fue posible, también por la abundancia de desniveles, romper el istmo, y solo gracias a la imaginación de un ingeniero americano al que se le ocurrió hacer las esclusas, se pudieron conectar los dos océanos, demostrando que la fuerza de una idea, puede ser mayor que la fuerza de la Naturaleza.

Y así en la esclusa de Miraflores, desde lo alto de una terraza, se ve a los buques subir y bajar por ese ascensor que es el agua encerrada en compartimentos que se llenan y se vacían. Como a escalones, van elevándose y bajando los cargueros, mientras los pelícanos y las fragatas les sobrevuelan. Ocho horas, tarda en navegar el canal un buque, y le cobran por el peso, y por eso te cuentan que el que menos pagó fue otro americano que hizo el canal a nado en 1928, y le cobraron 0,36 dólares.

Los panameños consiguen contagiarte su orgullo por el canal. Su moneda, el balboa, rinde honor al español que se dio cuenta de lo estrecha que era aquí la tierra entre los dos océanos.

Antes de abandonar la esclusa de Miraflores, blanca, inocente y azul, te encuentras con ocho palabras en letras grandes, puestas en este orden desde arriba: “Ilusión, Esfuerzo, Coraje, Determinación, Perseverancia, Espíritu, Empeño, Sacrificio”.

Palabras que ya teníamos casi olvidadas.