El naufragio de las encinas

Están viniendo a morir justo delante de nuestros ojos, tras siglos de vida, las encinas.

No sé por dónde empezar. Tal vez por el exceso de cabezas de ganado, de vacas retintas que vengo de ver en los encinares, y cuya presión está debilitando claramente a las dehesas, hasta tal punto que cabe preguntarse si no serán ellas las que están favoreciendo indirectamente toda suerte de enfermedades en pies de alcornoques y de encinas que vivieron siglos aguantando con la oveja, el cerdo, o la cabra, hongos y ataques de insectos, hasta que se abusó del ganado vacuno. Algo ha tenido que suceder para que justo ahora nos pase esto, y no vale, a mí desde luego no, echarle la culpa al cielo.

Se suele hablar de la competencia entre los animales, pero no hay una lucha más feroz y sin tregua sobre la Tierra que la que tiene lugar entre la flora y la fauna, y así la vaca favorece tan solo a las más vulgares herbáceas pero, el resto, lo pisotea todo y acaba con las especies leñosas como la encina, en cuyo tronco se rasca forzando a las raíces y a todo el árbol a temblar como la vela de un barco a punto de hundirse. Porque esto de las encinas es un verdadero hundimiento, un desastre sin precedentes, el mayor naufragio que haya vivido un ecosistema.

El encinar, con tanta res de por medio, no ya solo la vaca, sino también los venados, evoluciona hacia un pasto que ya no es monte ni dehesa sino una suerte de cementerio en el que solo quedan cruces de madera horadada y muerta que son las encinas sin vida, a punto de derrumbarse con cualquier golpe de viento, o con que un niño celebre su cumpleaños porque, con solo soplar las velas, caerían las encinas tras haberse mantenido en pie durante siglos.

Se me podrá decir: es que están muy viejas, pero no, porque también están muriendo las encinas más jóvenes, por esta presión del ganado, que se come, que ramonea, no ya solo todo el ramón, el renuevo de las ramas, que son su fuerza, sino también los chaparros que nacen de la bellota caída y que guiaban los recolectores de madera, jornaleros que trabajaban para que en vez de medrar los chaparros como arbustos rastreros, crecieran derechos hacia el cielo, hasta dar cada chaparro una encina, a cambio de leña.

Se habla de toda suerte de enfermedades, desde hongos que ahogan las raíces secando el árbol, hasta escarabajos que horadan por dentro el tronco y las ramas. Después queda el más triste de los cadáveres, porque los grandes árboles tardan en desaparecer, al ser los hongos más lentos que los buitres.

Del encinar, se ha dicho que es quizás la única clase de monte donde una persona podría vivir siempre sin salir nunca y encontrar en él todo lo preciso para la vida.

Y ahora, ¿qué será de nuestra vida sin las encinas?