Con vistas al océano

La casa de mis hijos está frente al océano, justo donde las olas se llevan por delante cada final de otoño el paseo marítimo.

Desde el cuarto piso, que es donde tienen la ventana del comedor y de la cocina y del dormitorio, se ve venir al océano, dispuesto a llevárselo todo, con un color entre blanco y azul claro, que dicen que cambia según viene el día. Hace tanto viento que las gaviotas vuelan como patinadores hacia atrás, cuando apuntan con sus picos a barlovento. Se diría que juegan, porque parece imposible pescar algo en estas aguas que son como todas las del mundo juntas, viniéndose encima de la tierra.

Si se abre una ventana, entra tal brisa del mar, que hace corriente y todo son puertas que parecen portillos de un barco, que se cierran. No haría falta poner un cuadro, y menos todavía una marina, con tal espectáculo delante, que cambia a cada ola que llega.

Al fondo se ve un monumento donde todos los años fallece algún turista que se acerca hasta allí atraído por las olas, que hacen de imán, porque en el fondo todos sabemos que hay algo en nosotros que es marino. También se ve un faro, y las vías del tranvía, y el paso de la gente que corre y que pasea delante de lo que es una playa donde han hecho una duna gigante para que el mar no llegue de nuevo a las aceras diciendo que él, es el dueño del mundo. Puede que este terreno, sobre el que se alza el edificio, fuera en realidad ya antes del mar, y por eso lo dice una vez y otra. Cuando baja la marea, va horadando la arena de tal manera que deja en el bajío una suerte de relieves vegetales parecidos a los de los troncos de los árboles, como si también el mar tuviera en la tierra sus raíces.

Cuentan mis hijos que se podía oír hasta hace poco, las piedras de la balaustrada rota chocando entre ellas toda la noche, haciéndose arenisca que iría a parar al fondo marino, que es donde deben de acabar al final todas las cosas rotas del mundo.

Es tal desde aquí la perspectiva, que aunque en primera línea esté nublado, se pueden ver al fondo los rayos del sol allí donde hay un claro y están volando quizás en medio de la tempestad los paíños del mal tiempo, esos pájaros pequeños como gorriones que tienen las patas palmeadas y que anidan en los islotes que hay tan fuera de puntas, que es una de las pocas aves que no le tiene miedo al hombre, si se le acerca. Con vuelo errático y artístico, siguen los paíños en alta mar a los pesqueros, para beberse el aceite de los descartes.

Aunque comparten mis hijos su vida con otros estudiantes, se me hace raro que llamen “casa”, a este piso que tienen frente al océano.

Me pregunto cómo influirá en su carácter, despertarse y ver el mar cada mañana.