El dictado de las sirenas

Ha muerto el poeta Carlos Edmundo de Ory, a quien dictaban las sirenas, o eso decía.

Me recordó cuando lo declaró en una entrevista, a lo que también solía decir Truman Capote de su primera novela publicada, “Otras voces, otros ámbitos”, que la había escrito de un tirón, como si se la hubieran dictado desde una nube. Y me creo a ambos. Es más: a mi parecer, la poesía no se puede escribir de otra manera que no sea al dictado.

Quiero decir que es de oído como se escribe, hasta el punto de que el poema que está en otro idioma, si se lee, o se intenta leer, se percibe un sonido, aunque no se entienda nada, un orden de las palabras, que tintinean no como las copas que brindan, sino de manera mucho más profunda, como las campanas cuando tocan a muerto y el valle parece un lugar sin fondo en el que se pierde su eco. Un algo alegre, y a la vez solemne, tiene la poesía.

Sin embargo, la muerte de este poeta, conocido por sus aerolitos, cosas caídas de pronto del cielo, ha pasado quizás un poco desapercibida, no como su aspecto en vida, pues quienquiera que hubiera visto a de Ory no podría olvidarle, sus ojos, cuando vivía, como si ya estuvieran en otro mundo. En la distancia, me caía bien. Había algo grave, y a la vez tremendamente alegre e inocente en su persona.

Habiendo leído muy poco de su obra, en seguida me pareció que sus poemas no habían sido forzados, sino que le venían dados, y con esa facilidad se notaba que los escribía. Probablemente las mejores cosas que se han escrito, ha sido de esta manera. En realidad, el poeta, lo que hace es esperar. El trabajo es la espera. La poesía, la recompensa.

Escribir al dictado de las sirenas, sería fácil por aquí estos días, pues nos está cayendo el océano encima. Ahora parece que se ha abierto un claro y se oye mejor a los pájaros, como si se hubiera agrandado la habitación del aire. Han llegado los estorninos pintos de Europa, esos pájaros que vuelan como uno solo cuando al atardecer, tras pasar el día en el campo, caen sobre los dormideros que tienen en los parques de las ciudades. Pero así como se coordinan para volar como uno solo, cantan cada uno a su aire una canción distinta, porque el estornino, incorpora para siempre a su canto lo que oye en el nido, aunque sea el soniquete de un teléfono móvil, los maullidos de las avefrías, o el canto de las alondras. Son loros que hacen nubes. Y así me paso la mañana mirando, ¿quién canta?, ¿qué ave desconocida es esa? y resulta que es un estornino pinto, un imitador de ruidos. Si nos dictaran los estorninos, todo sería falso.

Además, hoy estamos más sordos. Se ha muerto un poeta.

“Que sea la sombra del fuego/ mi Poesía”

Descanse en paz, Carlos Edmundo de Ory.