Llegan las ruidosas grullas

Con esta luz de otoño, bajo la que parece que es por la tarde todo el día, llegan las grullas.

Coincide su llegada, por un lado, con el arado de los barbechos por donde andaban hasta ahora las avutardas, esas aves que son las que, consiguiendo volar, pesan más que ninguna, porque hay ejemplares de casi veinte kilos que son capaces de despegar de la tierra a la que tanto se parecen sus plumas.

Parece mentira, pero las grullas, que recuerdan más a la garza o a la cigüeña, están emparentadas filogenéticamente con las avutardas, a las que de alguna manera desplazan, al menos en protagonismo, cuando llegan a la laguna aragonesa de Gallocanta con esos trompeteos que son tan sonoros gracias a que su tráquea retorcida actúa de caja de resonancia. Incluso se oyen en las grandes ciudades, como Zaragoza, cuando pasan estos días volando, escribiendo letras en el cielo, la letra “I”, o la “V”, como los ánsares, y también como ellos se van llamando las grullas unas a otras por el camino, o cuando aterrizan o despegan, lo cual suelen hacer dando vueltas como bailarinas. Todo en ellas está lleno de gracia. Llama mucho la atención la falsa cola que está formada por las plumas terciarias de las alas y que les da a las grullas un aire de señora con polisón.

Están llegando ahora mismo, mientras escribo, pues esta misma mañana me han contado desde Extremadura, que ya se ven las grullas por el embalse cacereño de Valdesalor, y es curioso que siempre coincida su llegada con la caída de las bellotas de las encinas, como si las oyeran caer desde sus lugares de cría, tan alejados como Siberia.

A mediados del siglo XX, Francisco Bernis citó en la laguna gaditana de La Janda, la última pareja reproductora de grullas, y hoy la Península Ibérica es solo lugar de invernada, pero tiene la grulla común, Grus grus ,aquí uno de sus grandes dormideros en la laguna aragonesa de Gallocanta, con 20.000 individuos, y la principal área de invernada en la cuenca extremeña del Guadiana, con más de sesenta mil grullas, según Javier Prieta y Juan Carlos del Moral, en “La grulla común invernante en España. Población en 2007 y método de censo.”

Cuando pasan las grullas volando por encima de los campanarios, hasta que llevas un rato oyendo sus trompeteos, no caes en la cuenta de lo que sucede, al retumbar su sonido no ya en su tráquea, sino en las piedras de todo el pueblo, que hasta las campanas suenan como copas de cristal junto a la fuerza de su ruido, las grullas pasando, recién llegadas, hacia los humedales y los campos y las dehesas, bajo esta luz de otoño que es la sazón de la vida.